Con frecuencia se argumenta que si la Luna induce mareas importantes en
los océanos, cómo no nos va a afectar a nosotros, los humanos, que
somos tanto más pequeños. Es cierto que las mareas están provocadas por
nuestro satélite, pero su intensidad varía según se trate de un océano
grande, como el Atlántico o el Pacífico, o de un mar mucho menor, como
el Mediterráneo, donde es casi nula. Esto es así porque la fuerza de
atracción entre dos cuerpos es directamente proporcional a sus masas
respectivas, por tanto el efecto de la Luna es mayor o menor en función
de su antagonista.
Si la diferencia de magnitud entre el Pacífico y el Mediterráneo
conlleva que en el segundo la gravedad del satélite sea apenas
apreciable, cabría preguntarse cómo puede una persona percibirla,
teniendo comparativamente una dimensión mucho menor. Lo chocante del
asunto es que a la pobre Luna se le atribuyen los actos de violencia y
los nacimientos adicionales que, presuntamente, tienen lugar cuando es
llena.
Para comprobar qué hay de cierto en esta creencia se puede buscar
una correlación entre la natalidad y el calendario lunar. En 1988,
Martens, Kelly, y Saklofske, de la Universidad de Saskatchewan
(Saskatoon, Canada), publicaron una revisión de unos estudios
realizados a lo largo de cincuenta años en los que se valoraba la
correspondencia entre la tasa diaria de nacimientos y los ciclos
lunares en distintos países. Los investigadores llegaron a la
conclusión de que en ninguna investigación metódica y consistente se
hallaba una relación entre la fase lunar y el número diario de
nacimientos.
Entre otros, Abell y Greenspan, del hospital de la Universidad de
California (Los Ángeles), examinaron 51 ciclos lunares, durante los que
había habido 11.691 partos: 8.142 naturales, 141 múltiples y 168 de
mortinatos; en una clínica obstétrica de Florencia se revisaron 8.000
casos durante 58 ciclos lunares; y en Madagascar 5.200 nacimientos
durante 37. Nunca se encontró que el número de nacimientos en la fase
de Luna llena estuviera por encima de la media, es decir, que los días
de plenilunio hubiera más partos que cualquier otro día del ciclo
lunar. Tampoco hay más actos de violencia, según datos de la NASA.
Finalmente, podría intentar determinarse si existe un efecto "Luna
llena". Es lo que hicieron Michael Shermer, editor del magazín Skeptic,
y su equipo. No encontraron ninguno: ni más visitas a urgencias, ni más
nacimientos, ni más admisiones psiquiátricas... Cuando coincide un valor
elevado con el plenilunio es por pura casualidad. No hay mareas ni de
nacimientos ni de asesinatos.
Cierto es que los animales de las zonas intermareales, como los
percebes, se ven afectados; pero de forma secundaria, ya que lo que
directamente les influye son las mareas del océano. Cierto que los
lobos aúllan a la Luna llena, pero porque ven el disco entero, no
porque puedan sentir la fuerza de su gravedad. Y cierto también que los
sabios fundadores de la Sociedad Lunar de Birmingham, que fueron
capaces de cambiar el pensamiento de su época y transformar la
Inglaterra agrícola del siglo XVIII en una sociedad industrial, se
encontraban los lunes próximos al plenilunio. Pero no porque creyeran
que entonces se sentían más inspirados, sino porque podían regresar a
casa de noche por unos caminos en los que el alumbrado público aún
tardaría en instalarse.
Así pues, ¿por qué tanta gente cree que suceden cosas misteriosas
cuando la Luna se ve entera? En España, el 65% de los ciudadanos piensa
que la fase lunar afecta al comportamiento. Esto es así porque la
memoria es engañosa. Además, buscamos patrones y, de encontrar uno,
éste se asienta con facilidad en nuestro cerebro, pero conocer un caso
concreto no significa que se trate de un factor generalizado. Como
afirmaba Richard Feynman, sencillamente no computamos los casos en los
que no hay sincronicidad. Recordamos solamente aquellos en los que sí
la ha habido, con lo que establecemos un sesgo.
Volviendo a las mareas, se puede explicar la influencia de la Luna
gracias a las leyes expuestas por Newton en el siglo XVII. Según el
físico inglés, la fuerza de atracción gravitatoria que ejercen dos
cuerpos entre sí es directamente proporcional a su masa e inversamente
proporcional a la distancia que los separa. Es decir, cuanto más
grandes son dos cuerpos más se atraen; cuanto más alejados están,
menos. Por tanto, la Luna se siente menos atraída y atrae menos en el
caso del Mediterráneo que en el del Pacífico y, por supuesto, en el de
cualquiera de nosotros, de masa mucho menor y, por tanto, irrelevante.
Además, la gravedad lunar no existe únicamente cuando hay
plenilunio. Que veamos sólo una parte del satélite durante unas semanas
al mes, no implica que no esté entero. No es más que un juego entre la
luz del Sol, la propia Luna, que la refleja, y la Tierra, que hace las
sombras. Un maravilloso juego de luces y sombras cuya comprensión no
disminuye la belleza del Universo que nos rodea.
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