Mientras en Europa y América se pintaban o
esculpían vírgenes, héroes o santos, en los países africanos se hacía
una escultura en la que las partes del cuerpo no guardan equilibrio ni
simetrías. Figuras humanas cargadas de simbolismo religioso, realizadas
por artistas anónimos, con trazos firmes, a la vez simples y
exagerados, nos siguen asombrando por su fuerza expresiva. Hoy ya han
dejado de ser ídolos son, simplemente, "arte africano".
Hace más de dos mil años, los artistas griegos esculpían magníficas
figuras humanas, en las que buscaban la perfección de la belleza y el
equilibrio de las formas. Hicieron a los humanos como dioses o a los
dioses como representantes perfectos de la raza humana.
El canon de medidas implicaba que la cabeza era un séptimo del cuerpo,
una medida que adoptó Policleto, quien realizó todo un esquema
constructivo de la figura humana. El Renacimiento relanzaría ese ideal
de belleza, superando un medievo en el que se olvidaron los cánones
helénicos.
Pero mientras en Europa y América se pintaban o esculpían vírgenes,
héroes o santos cargados de vigor y belleza, en los países africanos se
hacía una escultura absolutamente distinta, en la que las partes del
cuerpo no guardan equilibrio ni simetrías.
Figuras humanas cargadas de simbolismo religioso, realizadas por
artistas anónimos, con trazos firmes, a la vez simples y exagerados,
nos siguen asombrando por su fuerza expresiva. Hoy ya han dejado de ser
ídolos o guardianes de recintos de los viejos ancestros, son
simplemente "arte africano"
Al igual que hacen los pequeños, cuando pintan a sus seres cercanos, el
artista africano realza los elementos más identificativos de la figura
humana. La cabeza pasa a ser un cuarto o un tercio del conjunto, los
brazos a veces son también desproporcionados con el resto del cuerpo;
se resaltan los ojos, la boca...
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