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"Me siento un escritor residual" |
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Su discurso está cargado de ironía y de
frases que rompen en sonrisa, pero de vez en cuando también habla en
serio, como cuando asegura que se siente "un escritor residual"
porque "la novela convencional ya no tiene sentido" y no sabe si
asentarse "como dinosaurio" o hacerse un "lifting literario".
Mendoza, que afirma estar "un poco harto" de que le pregunten por
esa "muerte de la novela" que vaticinó hace ya varios años, impartió
esta semana el curso "Lecturas formativas o el arte de subir y bajar
una escalera", organizado por la Universidad Internacional Menéndez
Pelayo, donde conversó de ésta y otras materias literarias con unos
cincuenta alumnos.
"Es necesaria una renovación", mantiene, "y creo que un camino
puede ser un híbrido entre periodismo y novela". "La esencia del
primero es la verdad y del segundo la ficción, lo que da mucho juego
para crear la duda al lector sobre si lo que se está contando es
verdad o pura invención", explica. "Al estilo de "Soldados de
Salamina" o lo último de Javier Marías".
Sus alumnos comentan que parece que se lo ha leído todo, por lo
que se sorprenden al oirle decir tajante que no tiene apego físico a
los libros -sí a las plumas estilográficas- y que ha ido
"olvidándose" bibliotecas enteras con cada cambio de domicilio.
Uno de esas mudanzas le llevó a Nueva York durante una década
como traductor de la ONU, donde gestó "La verdad sobre el caso
Savolta" -su título original, "Soldados de Cataluña", fue censurado-
una innovadora novela con la que aportaba su granito de arena a la
posmodernidad y que, admite, tiene muchas influencias de Baroja.
Josep Plá -"me identifico mucho con ese humor a la catalana de
reírse de uno mismo"-, "La vida de los Santos" -"es el realismo
mágico de mi infancia"- y la Biblia -"un relato primitivo pero
tremendamente sofisticado y totalizador"- son sus otras tres
lecturas a destacar, si bien enseguida saca a relucir la literatura
del siglo XVIII, Dickens, Joyce y Shakespeare.
Dice escribir "en un caos metódico" y que se contentaría con
depurar media página "buena" diaria pero, como su amigo Marsé, es
"muy pesimista con lo que sale" y, además, lo pasa "fatal" eligiendo
títulos para los libros.
Casi tan mal como cuando se quedó en blanco tras el éxito de su
segunda novela, "El misterio de la cripta embrujada", un momento
"horroroso para cualquier escritor", que finalmente superó con la
repetición deliberada del género policiaco en "El laberinto de las
aceitunas", el libro del que guarda un peor recuerdo.
Mendoza rememoró también los años en los que Barcelona vivió el
desembarco "apabullante" de los chicos del "boom" latinoamericano,
en un momento en que los escritores españoles estaban convencidos de
que la lengua ya no daba más de sí "porque la letanía de la retórica
oficial estaba matando el idioma".
"El modelo de escritor que teníamos era una cochambre, siempre
mirando al cuarto de atrás", apuntó, "yo ya me había comprado la
boina, pero nos contagiaron y la escritura se nos volvió más
festiva. La llegada de las turistas suecas y el 'boom' han sido las
claves de mi vida", bromeó.
En cuanto a las adaptaciones al cine de cuatro de sus novelas,
Mendoza se muestra bastante disconforme, sobre todo de "La ciudad de
los prodigios", si bien confiesa que no le sucede con las
representaciones de sus obras de teatro, entre las que destaca
"Restauració", ambientada en su "querida Barcelona".
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