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Un resquicio del mundo neoyorkino Imprimir E-Mail
Nueva York es la ciudad más grande del mundo con una población total de 21 millones de habitantes, lo que supone que para cada 10.000 de ellos hay sólo un kilómetro cuadrado de espacio. Por sus características es llamada de multitud de formas: La Gran Manzana, 'la ciudad de los rascacielos', 'la ciudad que nunca duerme'. Cádiz, evidentemente, no tiene parangón con Nueva York, pero sí comparte una cosa, en la Tacita de Plata tampoco se duerme mucho porque hay motivos nocturnos suficientes como para no hacerlo.

Durante el verano, estas razones para hacerse insomne se encuentran bañadas por las aguas del mar e impregnadas de sal y arena. Así, el visitante huye del calor en busca de una brisa amiga que le haga más llevadero el calor de la noche. Ese soplo fresco lo ponen los chiringuitos y las terrazas que se reparten por todo el paseo marítimo. A lo largo de más de seis kilómetros de playa, estos locales se convierten en el perfecto alivio entre parada y parada en los puestos callejeros, en los que la bisutería artesanal y los tatuajes de Henna atraen a numeroso público.

Andando por el paseo, el viandante puede elegir entre un amplio ramillete de posibilidades. Así, se puede disfrutar del mejor pescaíto frito, de una fondue de carne o de un buen vaso de cerveza negra alemana. Para cada caso, un sitio. Los amantes de la comida tradicional se dan cita en sitios como Las Flores o La Marea ante inmensas y apetitosas fuentes de cazón en adobo, calamares, puntillitas o choquitos. Los más carnívoros se reúnen en torno al calor que despide La Fondue o atrincherados por las brochetas del Arte Serrano.

Para los más cerveceros, las opciones se multiplican desplegándonse en su mayoría por la calle Muñoz Arenillas y alrededores. Por esta vía se inicia una ruta de bares de copas que parece no tener fin para deleite del público joven. Así, desde el Yogui, pasando por el Potito, el Crivi y el Diavolo se inicia un camino a base de buen ambiente y locales con interiores muy variados y que tiene su fin en El Iguana, centro de peregrinación de los 'bolsillos escasos'. Pero el paseo y el ambiente festivo no acaba ahí ni mucho menos. Más adelante y disfrutando del bullicio veraniego y de un paisaje de postal, también se puede uno refrescar con la variedad de sabores que ofrece la antigua heladería La Jijonenca. Si lo que quiere el turista es sentir el suave tacto de la arena, chiringuitos al poder. El Marimba o El Malibú se erigen como sitios perfectos para una reunión entre amigos, mientras que La Ballena Azul será sin duda el sitio preferente para los más pequeños.

Cádiz, es como Nueva York, una ciudad dividida, pero más que geográficamente, poblacionalmente. A pesar de ello, el casco antiguo no pierde su brillo durante el verano, época en la que se convierte en un lugar de encuentro más íntimo y alejado del bullicio que despide la playa. Así, las estrechas calles de ese Cádiz milenario respiran tranquilidad y calor para plantarse ante el visitante como un laberinto de terrazas y plazoletas abarrotadas de niños correteando.

Plazas como las de San Francisco, Mina, Mentidero, Las Flores, la Catedral o El Falla, acogen de buena gana el cansancio playero de los turistas para acomodarlos en un ambiente más recogido desde el que poder disfrutar de la inmensidad de viejos edificios. En la primera, la taberna La Barbería centra sus mesas en gin tonics que no dejan de servir a turistas alemanes, franceses o ingleses. Junto a ella, el San Francisco Uno ofrece al visitante una amplia variedad de vinos, teniendo en sus vitrinas más de cien referencias entre riojas, somontanas o vinos de rueda. En la Plaza de Mina los árboles abrazan a los comensales que se sientan en las terrazas de Miguel Ángel o en los bancos mientras disfrutan de la heladería italiana de Pazza Mina.

Haciendo una paradita entre adobo y adobo camino del Mentidero, una vez allí, El Serrallo, El Samir o El Gotinga ofrecen unas terrazas amplias y una comida de nivel que no defraudarán al hambriento caminante. Qué mejor forma que terminar en pleno corazón del Barrio de la Viña o con la Catedral de fondo. Todo esto aquí, sin tener que coger aviones, porque "siempre nos quedará Cádiz".


 
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