El sexo es algo corporal, la actividad sexual lo es y, definitivamente, el placer (o el displacer) es algo sensorial. ¿Significa esto que nada puede hacerse al respecto? ¿Que se trata simplemente de cuerpos que se atraen (o no se atraen)? ¿No es posible alimentar, educar, mejorar o estimular el comportamiento sexual? Señores, traigo buenas noticias: sí, hay modos de hacerlo y aquí viene una primera aproximación al respecto.
Hace 5 mil años, en lo que hoy es Pakistán, existió una cultura matriarcal, sensorial y antirrepresora que se llamó tántrica. “No había dioses ni fundamentos sobrenaturales. Lo que había era un sistema muy fuerte, muy importante, basado en comportamientos y prácticas”, explica Edgardo Caramella, Presidente de la Unión Internacional de Yoga en Argentina. Y sigue: “El Tantra es una manera de vivir que se apoya en lo sensorial. Incluye a la sexualidad, pero ésta es sólo una parte. En Occidente, como se hizo con otras viejas culturas, se la ha banalizado, comercializado”. Siguiendo su discurso, algo queda en claro: el “sexo tántrico” no son las groserías que se ven por TV.
Aunque es algo simple, el culto a lo sensorial es también muy educado y hasta refinado. No sólo se persigue mejorar la sexualidad sino también el estado físico en general y para ello ejercitan su cuerpo; su cuerpo y su organismo, porque se alimentan mejor y entonces también piensan y se concentran mejor. Y eso se logra sólo a través de la práctica. ¿El resultado? Una superación permanente en todos los aspectos de la vida. También en la cama, por supuesto.
El hiperorgasmo. Energía Para el Tantra, alcanzar un orgasmo con menos de una hora de éxtasis es prácticamente “eyaculación precoz”. A los ojos de esta cultura, un buen contacto sexual dura, promedio, tres horas. Pero a no desesperarse, que esto es como comer y rascarse: es sólo cuestión de empezar. Y practicar. La concentración y el dominio de la energía no se logran de la noche a la mañana. La disciplina abarca técnicas respiratorias, de concentración, corporales (posiciones, caricias), discursivas (hay que saber charlar durante el sexo) y alimenticias. Usar bien estas herramientas significa maximizar la energía sexual que se pone en juego en el momento amatorio.
Apetito sexual. Condimentos La vitalidad sexual puede intensificarse de modo variado y diverso. Pero algunas recetas pueden ayudar. El capítulo de las sustancias afrodisíacas que El Maestro DeRose desgrana en su libro Tantra, la sexualidad sacralizada sirve de ejemplo. Toda alimentación bien condimentada contribuye a una mejor sexualidad. La listita para el supermercado podría comenzar así: jengibre, clavo, canela, orégano, comino, tomillo, coriandro, curry, nuez moscada, cardamomo, albahaca, perejil y cebolla de verdeo, ajo y cebolla. Platos posibles para preparar, utilizando estos elementos, hay millones. Y aquí todo está en vuestras manos, que tampoco es cuestión de dejarles todo servido. Y menos la mesa.
Hay olores que matan Los aromas pueden cooperar a la producción de testosterona, que es la hormona responsable de mantener la libido. “Los estímulos olfatorios actúan sobre una porción del cerebro conocida como sistema límbico que está en íntimo contacto con el hipotálamo, responsable directo del comportamiento hormonal” dice el famoso y mediático sexólogo Juan Carlos Kusnetzoff en su libro “El gran dilema del sexo”. La doctora Bibiana Saravia, médica neuróloga, mantiene cierta reserva con respecto a los circuitos neurológicos pero sí acepta que los efectos afrodisíacos que pueden tener algunos olores es algo que se conoce ya hace mucho.
“A nivel científico todavía hoy se están utilizando medios muy sofisticados para corroborar qué es lo que pasa en el cerebro. No nos comportamos como animales. Por más que yo vaya en el colectivo y una persona huela a jazmín (considerado afrodisíaco), yo no me le voy a tirar encima a esa persona. Nuestra corteza cerebral funciona como filtro”. En este sentido, pero exactamente al revés, la corteza cerebral puede ponerse en funcionamiento para nuestros intereses y crear ciertos ambientes para cooperar con el momento. Ahí será el turno entonces de encender las velitas y sahumerios que emanen los siguientes olores: incienso, jazmín, ámbar, sándalo, rosa, pachulí (y también, claro, canela, sándalo y jengibre).
Te como toda El concepto de “comida afrodisíaca” es todo un problema: la doctrina está dividida. El Tantra, por ejemplo, sostiene que es mejor suprimir la carne de nuestra dieta (por la alta cantidad de toxinas que posee) y no sólo ya por nuestra capacidad sexual sino por nuestra salud y nuestro físico en general. Ahora bien, si vamos a uno de los restaurantes afrodisíacos más conocidos de Buenos Aires, Te mataré Ramírez, veremos que hay lomos, cerdos y pollos en su carta. ¿Cómo es esto? Bueno, porque más que ofrecer “comida afrodisíaca”, el lugar recrea un ambiente erótico que intenta despertar en los comensales su voraz hambre sexual. Así, en el salón hay cuadritos con retratos de personas desnudas, mucho color rojo y terciopelo, luz tenue, platos con nombres alegóricos y shows en vivo inspirados en El Marques de Sade. Del menú, por ejemplo, el cerdo argridulce es un plato que sale riquísimo y ésta es una opción que sería el terror del Tantra, que sugiere no mezclar sal y azúcar en la misma comida. Es más, si fuera por ellos, hasta hay que evitar los postres.
La cocina del sexo El chef Norberto Petryk estudió, investigó y se especializó en el tema. Ofrece sus propios cursos online de “Afrodisíacos y Comida afrodisíaca” (uno básico, que puede descargarse gratuitamente y otro más completo, arancelado, que cuesta $75) y vuelve a aclarar que, si bien existen elementos que son de por sí afrodisíacos, siempre hay factores (condicionamientos sociales o culturales) que pueden detener o atenuar sus efectos. Para ir probando, se recomienda: la maca peruana, que es un bulbito que comían los incas antes que de llegaran los españoles (algo así como el viagra natural), la tatuaba, de Brasil (que se muele y queda convertida en polvito) y la damiana, una hierba mexicana. |