Chocolate Imprimir E-Mail
El propio Manuel de los Santos Agujetas, en su natural exaltado, lo declaraba recientemente: "Ni todos los Manuel Torre del mundo cantan como Chocolate y yo". Viniendo de quien viene, la valoración tiene su aquel, pero no será la única en resaltar la irrepetible singularidad del cante de Antonio Núñez Montoya, nuestro querido y sinceramente llorado Chocolate. El desconocimiento de su enfermedad ha hecho que su muerte me impacte de una forma especial, pero la apreciación de su arte siempre sería la misma: se nos ha ido una de las pocas voces gitanas y "enduendadas" que nos quedaban, una de las detentadoras de esos "soníos negros" que el mismo Manuel Torre señaló como residentes del "duende"; una cualidad ante la que el propio Chocolate se expresó en alguna ocasión: "Un misterio. Tu no te gustas y el público goza: eso es el duende".

Pero no es sólo eso, siendo tanto y tan importante. En este cantaor jerezano, por más que se hiciera al arte en Sevilla, residían muchos más valores. Sus tempranos comienzos -cuentan que ya de niño se ganaba unas perras gordas cantando en los autobuses- le hacen ser uno de los más grandes testigos del flamenco del pasado siglo. Él, que fue habitante de la sevillana Alameda de Hércules en su última etapa gloriosa, pudo absorber el arte del gran Tomás Pavón y de su hermana Pastora entre otros tantos. Era, pues, gran conocedor y recreador de estilos principales, además de esa especial calidad que le otorgaba el bronce de su voz. Vivió los tiempos difíciles de la posguerra y los de las juergas de los señoritos, y siempre con su incorruptible personalidad, la misma que le haría exclamar que en su hambre mandaba él, en referencia a su renuencia a acudir a según que lugares. En los años sesenta le empieza a llegar el reconocimiento con premios aquí y allá, aunque no se llevara la Llave de Oro en el mismo concurso en que se la otorgaron a Don Antonio Mairena. Pero allí estuvo, como estaba en todos los principales festivales en su época de mayor esplendor, y siempre con su cante pleno de verdad y gitanería, el mismo que le hizo alcanzar un Grammy Latino con su última grabación. En los últimos años, siendo tan aficionado como era, echaba en falta a artistas de verdad, lo que hizo más estricta la selección de sus salidas. Aún así se le pudo escuchar cantando a sus anchas en el Hotel Atlántico no hace mucho, dentro de una de los Ciclos Culturales de la Peña Enrique El Mellizo. Sólo hacía falta que se sintiera a gusto: "Vamos a cantar por esos estilos gaditanos que tanto copiaban los Pavones", recuerdo que comentó entre la larga serie de cantes con que nos regaló.

Creo recordar que una de las últimas ediciones de ese gran festival que era la Reunión del Cante de los Puertos congregó en un solo cartel a las figuras de Chocolate, Fernanda y Bernarda de Utrera, Agujetas y Rancapino. Los aficionados éramos conscientes de lo irrepetible de una reunión de voces tan negras y estábamos en lo cierto. Ya no será posible. De ese cartel ya sólo nos quedan Agujetas y nuestro gran Alonso Núñez. También están Pansequito o un emergente Tomás de Perrate, pero un hueco como el que ha dejado Chocolate, con una personalidad y un cante igual de firmes e incorruptibles, será difícil de llenar.


 
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