La compañía rusa, que ya mostró la calidad de su
trabajo en el FIS hace tres años, regresó al Palacio de Festivales para
presentar, por primera vez en España, un montaje que fue estrenado hace
sólo unos meses, el pasado marzo, en San Petesburgo.
Convertir
en danza una novela tan compleja como el clásico de Tolstoi, que ha
sido trasladado al cine en varias ocasiones, no es una tarea fácil,
pero Boris Eifman sale airoso del reto y extrae la esencia del drama de
la mujer adúltera que, arrastrada por la pasión, nunca encontrará la
paz, ni mucho menos la felicidad.
El
coreógrafo ruso, que en 1997 abandonó el prestigioso Kirov para
lanzarse a la aventura de crear su propia compañía, es en su último
espectáculo completamente fiel a su teoría de que la belleza plástica
de un gesto no es un fin en sí misma, sino que cada movimiento nace
para expresar un sentimiento y crear una emoción.
En
su 'Anna Karenina', Eifmann se acerca al drama a través del triángulo
amoroso formado por la protagonista, interpretada por María Abashova,
que se llevó la mayor ovación del público, el conde Vronski, encarnado
por Yuri Smelakov, y Karenin, Albert Galichanin, también muy aplaudidos.
Las
escenas intimistas se alternan en el montaje con los cuadros
protagonizados por el cuerpo de baile, que es la sociedad que separa a
los amantes, el mundo rudo de soldados que rodea a Vronsky, los
fantasmas que viven en la cabeza de una Karenina incapaz de aguantar
más y, en la magnífica última escena, el tren implacable que acabará
con su vida mientras suena, casi ensordecedora, la maquinaria.
Es
en esos dos momentos cuando los sonidos electrónicos sustituyen a los
distintos fragmentos de obras de Tchaikoski que Eifman ha elegido para
este montaje, grabados, que no interpretados por una orquesta en
directo.
El erotismo es otro de los
mimbres del espectáculo, evidente en los pasos a dos de la pareja de
amantes y también en aquellas escenas, con cama incluida, en las que
Karenina necesita escapar del lecho conyugal.
No
es sólo la coreografía, que sin renunciar a la tradición emplea un
lenguaje contemporáneo, y el talento de los bailarines lo que convierte
a esta 'Anna Karenina' en un espectáculo redondo, y en una de las
propuestas más brillantes e interesantes que han pasado por esta 54
edición del Festival Internacional de Santander.
La
compañía de Eifman cuida la puesta en escena, la escenografía y el
vestuario, sin olvidar un inteligente empleo de la iluminación y algún
efecto especial bastante eficaz.
Y es
que con pocos elementos, imaginación y capacidad para la metáfora se
pueden contar muchas cosas, como con ese tren de juguete con que se
entretiene el pequeño Serguei, el hijo de Anna, en la primera imagen
del espectáculo, que ya evoca la última.
La
compañía rusa, que hoy consiguió colgar el cartel de 'no hay
localidades', volverá mañana al Festival con otra de sus últimas
propuestas, 'Don Juan y Moliere'.
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