De extracción humilde y formación precaria, Antoni Clavé
(Barcelona, 1913) supo trascender el sinfín de contratiempos y estilos
hasta alcanzar la plenitud artística con una personalísima abstracción
lírica en la que cuenta tanto el color como las texturas y los
procedimientos experimentales. Huérfano demasiado pronto, combinó diversos
oficios artesanales con el estudio nocturno en la Escuela Municipal de
Artes y Oficios. Allí se inicia en el modelado con el escultor Ángel
Ferrant, y traba amistad con Eudald Serra, Ramon Martí y Grau Sala. Con
este último verá su estilo atraído hacia el ingenuismo de la pintora
georgiana Olga Sacharoff, establecida en Barcelona tras la Primera Guerra
Mundial. Después de ejercer de pintor de brocha gorda, realizó una serie
de encargos para la empresa Cinaes, consistente en carteles anunciadores
de las películas que se estrenaban en sus cines. Pronto acaparó numerosos
pedidos de la Metro Goldwyn Mayer, como «La Venus Rubia» -con Marlene
Dietrich- o «El signo de la muerte».
Con Picasso.
Su obra maestra del período serán los paneles para la Bodega Bohemia,
célebre cabaret del distrito quinto de la Barcelona más canalla. Realiza
también una serie de esculturas lógicofobistas, al estilo de Leandre
Cristòfol, y experimenta con materiales e influencias surrealistas en
obras como «Concha-Playa» (1939). En el transcurso de la guerra, es
llamado a filas y, junto a su amigo Martí Bas, realiza decorados para el
Teatro del Ejército, y para una obra teatral de Ramon Vinyes. Al exiliarse
a Francia, tras un período de confinamiento en Perpiñán, es liberado
gracias a la intervención del pintor rosellonés Martín Vives.
Instalado en el París bajo ocupación nazi, completa su formación visitando
los museos de la capital francesa. Pinta bajo la influencia vaporosa y
colorista de Bonnard y Vuillard, y realiza litografías para diversas
ediciones de bibliófilo, como Lettres d'Espagne, de Próspero Merimée.
Frecuenta a los artistas Grau Sala, Apel·les Fenosa y Óscar Domínguez. De
natural pesimista, la textura de su obra evoluciona hacia formas más
concretas. Las penumbras de la etapa anterior se vigorizaron con perfiles
definidos. Su pintura pasa de una gama apagada a la contundencia del
claroscuro. El humanismo de Soutine se encuentra latente en el patetismo
místico de Rouault.
En 1944 conoce a Picasso, cuya amistad
frecuentará hasta la muerte del malagueño. Su obra le influye enormemente.
En 1949 empezará a desarrollar una intensa labor en el mundo del ballet y
del teatro. Realiza los decorados y figurines para «Carmen», representada
por los Ballets de París, de Roland Petit. Viaja a Checoeslovaquia,
Inglaterra y Suecia, donde realiza exposiciones individuales. En 1950,
empieza a trabajar en la ilustración de «Gargantúa» de Rabelais, que le
inspira temas nuevos, como «Hommage à Zurbarán», «Roi de Cartes»,
«Personnages du Moyen Age» o sus célebres «Guerreros». En Estados Unidos,
realiza los decorados y figurines para «Don Perlimplin», de García Lorca.
Volverá a los Estados Unidos, invitado por Samuel Goldwyn, para diseñar la
escenografía de la película «Hans Christian Andersen». Alertado por un
sueño de su madre -y la consiguiente promesa de que no viajará en avión-,
Clavé decide viajar en barco y tren, hasta llegar a Hollywood, ante el
pasmo del magnate, que tenía paralizada una inversión de cuatro millones
de dólares para la producción.
En 1955, habiendo ya
entrevisto un camino que no debería abandonar, decide concentrarse en la
pintura y el grabado. Sus personajes fueron pasando paulatinamente a la
abstracción mediante el juego de texturas y el collage. A pesar de la
presión de sus galeristas para que volviera a la figuración, decide
abordar nuevos soportes, como el tapiz o el plomo. En 1956, expone por
primera vez en España, en la mítica Sala Gaspar, cuyos propietarios eran
los galeristas barceloneses de Picasso. Siguiendo los caminos del «art
brut» y el «arte otro», inicia en 1964 una serie de grandes telas,
litografias y aguafuertes, en «Homenaje a Domenicos Theotocópoulos».
Empieza a exponer en Japón, donde será considerado uno de los artistas
contemporáneos más significativos.
Reconocimiento oficial.
En 1972, realiza diversas pinturas inspiradas en los «graffiti» de Nueva
York. Cada vez más concentrado en el grabado, además de trabajar con las
técnicas tradicionales -aguafuerte y aguatinta- experimenta con el
carborundo, el gofrado y la estampación sobre plancha offset de aluminio,
que hacen necesaria una delicada y precisa dedicación manual, desde la
preparación de la plancha hasta el estampado, proceso en el que los
artistas contemporáneos no suelen implicarse.
Con la llegada de
la democracia, recibirá en su patria el reconocimiento oficial, obteniendo
las medallas de oro de la Generalitat de Catalunya, la Ciudad de Barcelona
y de las Bellas Artes; también es nombrado Commandeur dans l'Ordre des
Arts et des Lettres por el Ministerio de Cultura francés. En 1982, realiza
un mural para el aeropuerto de Barajas, en 1984 representa a España en la
Bienal de Venecia con una retrospectiva. Y en 1990 realiza un relieve de
13 x 6 metros, por encargo del Ayuntamiento de Barcelona, para conmemorar
el centenario de la Exposición Universal de 1888.
Según Daniel
Giralt-Miracle, comisario de su última exposición en Barcelona -«Antoni
Clavé en la Pedrera», 1996-, era tal el apego al arte de este catalán y
español universal, que permaneció en activo hasta el último momento de su
vida.