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Un 'Hamlet' tropical y guasón Imprimir E-Mail
El Festival Shakespeare de Santa Susanna cuenta con un gran escenario situado frente a la fachada de Can Ratès, la señorial masía que preside el complejo, pero también --y como novedad de este año-- con un espacio más íntimo, donde poder degustar al Bardo en las distancias cortas. Se trata de una construcción circular en madera que recuerda vagamente al mítico Globe londinense y que la noche del miércoles acogió el montaje brasileño Ensaio Hamlet, la primera de las visitas internacionales de la muestra que se completarán hoy con el Romeo i Julieta de Oskaras Korsunovas --uno de los nombres propios del teatro lituano junto con Eimuntas Nekrosius-- y mañana con Jugant a Shakespeare, un trabajo del estudio teatral Unísono de San Petersburgo que reúne un reparto íntegramente formado por niños.
El Hamlet carioca no llama a engaño desde su mismo título. No es un Hamlet al uso. A lo largo de dos horas los seis jóvenes componentes del montaje, Bel García, César Augusto, Felipe Rocha, Fernando Eiras, Malu Gallí, Susana Ribeiro y Marcelo Olinto, dirigidos por Enrique Díaz, despiezan, seleccionan, se burlan y también se toman muy en serio --a ratos-- la tragedia shakespeariana. La palabra ensayo da la idea de obra no acabada, de aproximación a la misma, pero también alude a la reflexión, a la forma de abordar determinados fragmentos de la pieza o la dificultad de entender tal o cual personaje, con las que los actores interrumpen su actuación para demostrar, con mucha guasa, su impotencia.
La clave de la interpretación del sexteto es el juego, a veces casi infantil, y esa ingenuidad hizo que la propuesta de estética contemporánea se recibiera con simpatía. Todos los intérpretes juegan a entrar y salir de sus papeles --e incluso de la propia obra--, a ser todos los personajes en algún momento, sin que el espectador se pierda por el camino. Los cuatro actores encarnan a Hamlet --sucesivamente o la vez-- e incluso se atreve con él una de las actrices. Y llegado el ser o no ser, lo entonan todos a coro con diferente intención.
Hay muchas ideas visuales en un montaje que tiende a la disgresión pero nunca pierde el hilo: el encuentro de Hamlet con el fantasma de su padre a través de un micrófono; convertir a Rosencrantz y Guildenstern en dos muñecos, superhéroes hinchables de barraca de feria; transformar una garrafa de agua en el río que se lleva a Ofelia; mezclar el lenguaje de la vanguardia y el del culebrón; hacer que por una vez la utilización de una cámara de vídeo --en la disputa entre Hamlet y su madre, la reina Gertrudis-- tenga sentido. Y entre tanto juego, también recibió el público --a un espectador le hicieron leer una de las carta que Hamlet dirige a Ofelia-- y éste les premió con cálidos aplausos.
 
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