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Un Grial carente de misterio Imprimir E-Mail
Eran los días previos al estreno de Parsifal, en el verano de 1882, cuando Joaquín Marsillach, uno de los más tempranos y conspicuos wagnerianos españoles, se entrevistaba con el Maestro. Éste le habló de su interés por España y por su Literatura (mostrándole ediciones de obras de Cervantes, Lope y Calderón) y le pidió algo singular: que le buscase una buena casa en Sevilla ("de donde conozco un barbero tan bueno, dijo") para pasar el siguiente otoño, lejos de los fríos y las lluvias de Baviera. Es un rasgo más de la seducción ideal que la ciudad ejercía en el imaginario romántico y que, por cierto, no aparece citado en los comentarios del programa de mano sobre la relación Wagner-Sevilla. Al final Wagner no vino y optó por Venecia y ha habido que esperar mucho tiempo, demasiado, para que la última creación de Wagner llegase a la ciudad en la que soñó una vez.

Claro que la llegada del Puro necio a estas tierras no ha podido ser más sonada. Ante todo, por la presencia en el foso maestrante de Daniel Barenboim, uno de los mayores especialistas wagnerianos de su generación. Pareció contagiarse del carácter de ceremonia mistérica de esta ópera y optó por una dirección de tempi amplios y solemnes, con dinámicas pausadas y con progresiones paulatinas, dejando hablar a los silencios. Así se evidenció desde el preludio del primer acto, con temas que afloraban y se desenvolvían morosamente y con acuciantes silencios, como ocurriera también en el preludio del acto tercero. Uno de los momentos culminantes de su interpretación fue el largo y maravilloso dúo entre Kundry y Parsifal en el segundo acto, acompañado desde el foso con una enorme carga de sensualidad sonora. Por el contrario, en los momentos más solemnes y crispados, parece que el argentino echase el freno y no dejase estallar el sonido, como en ese crucial momento en que Parsifal exclama Amfortas! Die Wunde!, con unos acordes orquestales en fortissimo que, a mi parecer, quedaron cortos de energía.

La Staatskapelle de Berlín, la orquesta de la Staatsoper, se manifestó como una buena formación de foso, con una sección de cuerdas muy empastada y de bello sonido y unas buenas maderas, pero con unos metales en los que afloraron demasiados errores, desde el primer preludio hasta precisamente la última nota de la ópera, en un acorde en pianissimo en el que una trompa falló estrepitosamente.

Donde sí hubo un altísimo nivel fue en el grupo de cantantes. Donde realmente se mide el nivel artístico de un teatro es en la calidad de las voces para los papeles secundarios y en este caso asombraron las espléndidas prestaciones de los Caballeros del Grial solistas y de las Muchachas-Flor. A una enorme distancia sobre los demás brilló el Gurnemanz de René Pape, el bajo-barítono wagneriano más importante de la actualidad. La voz es de una belleza inusual, homogénea y sin cambios de color, perfectamente proyectada desde la zona grave a la aguda y capaz de matizar hasta el infinito una parte que, sin lugar a dudas, es la más larga de todo el repertorio operístico. De auténtica categoría de heldentenor, Brukhard Fritz desplegó como Parsifal una bella voz lírica, con matices heroicos y suficiente potencia como para traspasar el nutrido foso. En el dúo con Kundry mostró una amplia gama de matices, desde la inocencia hasta la exaltación. Si bien prefiero una Kundry con una voz más ancha y poderosa, hay que reconocer que Michaela Schuster cantó con enorme gusto y de forma voluptuosa, aunque una mayor solidez en la zona grave habría enriquecido su interpretación. El Amfortas de Hanno Müller estuvo más en sintonía vocal en el tercer acto que en el primero, con veladuras en la zona de paso; pero después corroboró una interpretación muy convincente. Algo más de rotundidad en la voz le hubiese venido bien al Klingsor de Schmeckenbecher, así como al Titurel de Fischesser, sólo algo más que correcto este último.

Y nos queda hablar de la producción, que en su estreno berlinés el pasado marzo recibiese sonados abucheos. Realmente, la propuesta de Eichinger tiene poco que ver con la ópera y con su música. Son como dos planos paralelos que nunca se encuentran y que se complementan relativamente en los dos primeros actos, sí, pero que se estorban en el tercero. Eichinger se empeña en privar a Parsifal de la carga mistérica que es su razón de ser: no hay Grial y las dos ceremonias del Viernes Santo son resueltas de forma oscura y estática (tercer acto) o de forma provocativa, con un Amfortas que se saca el corazón del pecho para que los caballeros se lo coman a rodajas. Es como si quisiera decirnos que no existe el misterio ni lo sagrado y que la historia del Grial es más bien la narración de la relación conflictiva entre el Hombre y la Naturaleza a lo largo de los siglos. En ello incidían las proyecciones videográficas, con escenas de civilizaciones antiguas, de desastres naturales y de destrucciones por la mano del hombre, junto con alguna endoscopia en los dos momentos en que los personajes se dirigen al Templo del Grial. El impacto visual de ciertos momentos (primer aparición de los Caballeros, las seductoras Muchachas-Flor) quedó oscurecido por un tercer acto estático, frío y difícil de conectar con la música, con esas tribus urbanas sumidas en luces frías y en la penumbra.

 
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