El 6 de agosto de 1945, el cielo de Hiroshima se volvió negro. El bombardero Enola Gay soltó sobre la ciudad nipona una bomba atómica que quemó de golpe a unas 80.000 personas. Tres días después, se lanzaba la segunda bomba nuclear sobre Nagasaki y Japón se veía obligado a admitir su derrota en la II Guerra Mundial.
En 1945, Hiroshima era un importante enclave militar, donde vivían 255.000 personas. El ejército japonés había detectado a las 7.00 la presencia de tres aviones enemigos y, aunque no temía un ataque masivo, dio las alarmas para que la población se ocultara en los refugios antiaéreos.
A las 8.15, el Enola Gay soltaba la Little boy (nombre en clave de la bomba), provocando un gigantesco hongo atómico y temperaturas cercanas a los 4.000 ºC. Y después, el silencio.
Tokio perdió contacto con Hiroshima y, horas después, cuando envió
una misión de reconocimiento, sólo pudo comprobar que la ciudad había
quedado completamente arrasada.
La ciudad de Hiroshima, antes (izda.) y después del ataque nuclear (Reuters).
Sunao Tsuboi recuerda como si fuera ayer ese día y
lamenta los sesenta años de discriminaciones e incomprensión sufridos
por las víctimas. Sunao es un hibakusha, como se conoce a los que sobrevivieron a la explosión.
Entonces era un estudiante que iba camino de la universidad cuando
la bomba atómica estalló a un kilómetro del lugar en el que se
encontraba. Es lo último que recuerda.
Luego, cuando se despertó, pudo llegar al hospital ayudado por un
amigo, donde fue apartado a la sala de los moribundos y heridos más
graves, donde la esperanza de vida era apenas de unos días.
Pensaba que yo sería el siguiente en morir
"Pensaba que yo sería el siguiente en morir, hasta que perdí el
conocimiento", asegura. Cuando despertó, Tsuboi supo que había
permanecido 40 días en coma, que la guerra ya había terminado y que
Japón la había perdido.
Decenas de miles de personas murieron de forma instantánea en ambas
explosiones, pero ese número se duplicó según pasó el tiempo, por los
efectos de la radiación, por lo que Tsuboi pudo sentirse como un
afortunado por salvarse.
A pesar de tener las orejas desgarradas, la piel desprendida, los
labios hinchados y buena parte del cuerpo agusanada por la infección de
las heridas, logró sobrevivir tras estar un año en cama y estudió
aeronáutica en la Universidad.
Las víctimas, unos apestados en Japón
Al buscar trabajo fue cuando se encontró con la terrible realidad de
que las víctimas de los bombardeos atómicos eran discriminadas, pues en
el aquel entonces la radiación se creía contagiosa.
"La gente normal no nos dejaba acercarnos", dice Tsuboi. Algunas
víctimas de las bombas ocultaron los ocurrido y pudieron encontrar
trabajo, pero, en cuanto se les declaraba alguna de las mil y una
dolencias derivadas de la radiación, eran fulminantemente despedidas.
"En mi caso, no podía esconder nada, porque mi cara lo decía todo".
La marginación de las víctimas llegó al caso de arruinarse muchos
matrimonios, pues de las mujeres sometidas a la radiación se decía que
sólo podían tener hijos deformes.
Tsuboi ha viajado a Estados Unidos, de donde llegó la bomba que
cambió su vida, seis veces para protestar por el desarrollo de armas
nucleares.
"En los primeros cuarenta años mis sentimientos eran confusos, con
resentimiento, sufrimiento, odio y rabia. Pero en los últimos veinte
todo ha cambiado. He trabajado con otras víctimas a favor de la
abolición de las armas nucleares y he aprendido que el rencor no resuelve nada", dice.
Ahora, añade, "sí que puedo decir cuáles serán mis últimas palabras: mi vida fue maravillosa".
|