Una vez más, ésta en el Reino Unido,
la industria trata de extender hasta el infinito y más allá los
derechos de propiedad intelectual. Utilizando peregrinas
justificaciones se intenta, otra vez, confundir la propiedad
intelectual con la inmobiliaria. La industria editorial está dispuesta
a salirse con la suya, pase lo que pase y dañe a quien dañe, Y daño
hay; la extensión desmadrada de los derechos de autor en amplitud y
extensión tiene consecuencias. Como por ejemplo, ésta: que algunos
establecimientos de revelado de fotos se nieguen a positivar fotografías demasiado bien hechas,
no vaya a ser que estén violando el 'copyright' de un profesional y les
caiga una demanda encima. Una vez más: la propiedad inmaterial
desbocada linda con el absurdo.
Imagínese la situación: lleva usted un carrete tomado por usted
mismo durante sus vacaciones a revelar. Contiene fotos de amigos,
parientes, y alguna puesta de sol. Cuando va a recoger sus fotos, el
dependiente le informa de que cuatro (o seis, o diez) de ellas no se
las va a entregar. La razón: son demasiado buenas, podrían ser obra de
un profesional. Y si lo fueran, y usted hubiese escaneado una obra
ajena, y la tienda le hubiese entregado las fotos, el profesional
podría demandarles... a ellos. Naturalmente, la tienda no quiere correr
el riesgo, así que se queda usted sin sus fotos. La consecuencia de una
legislación desmadrada de propiedad intelectual es ésta: si sus fotos
son demasiado buenas a ojos de un dependiente, las pierde. Los
aficionados sólo pueden hacer malas fotos.
Absurdo, dirán. Exceso de celo por parte de un trabajador no cualificado, tal vez. Una exageración.
Pero
una exageración que tiene lógica según la actual letra de la ley, que
castiga a quien ayuda a cometer una violación de la propiedad
intelectual aunque no lo sepa. Según la lógica retorcida de una ley
diseñada para los tiempos de antaño, las fotos buenas son de
profesionales; los profesionales tienen 'copyright', y si no hay prueba
fehaciente de su permiso el hacer una copia es violar sus derechos.
Las
leyes actuales están diseñadas para otros tiempos, cuando sólo unos
pocos eran autores profesionales y los canales de distribución eran
limitados y fáciles de controlar. En el mundo de Internet, las cámaras
digitales y la eclosión del autor 'amateur' las premisas que subyacen a
la ley están obsoletas. Y una ley obsoleta es peligrosa, especialmente
cuando se extiende y refuerza continuamente en un fútil intento de
detener la marea.
Este tipo de cosas serán cada vez más comunes
con el paso del tiempo. La perversa lógica de las leyes actuales fuerza
a que los terceros inocentes se protejan de sus consecuencias. La
reducción al absurdo demuestra que las bases de esas leyes están
periclitadas. Es hora de probar nuevos modelos de compensación a los
autores que no exijan intentar detener lo imparable. Endurecer las
leyes y extenderlas en el tiempo tan sólo causará más daños
colaterales, sin curar la enfermedad real. La propiedad intelectual
nunca ha sido equivalente a la inmobiliaria; cada vez lo es menos, y
ninguna absurda acumulación de leyes cambiará eso. Hay que ponerse a
pensar en otra solución, ya.
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