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Los negocios ponen a hablar en chino a Argentina Imprimir E-Mail
Con el cabello revuelto y los ojos entreabiertos los estudiantes argentinos llegan a su clase matutina, donde la profesora los recibe entonando una copla en mandarín. En una especie de jardín de infantes para adultos, abogados y hombres de negocios aprenden el complejo idioma que esperan los ayude a conseguir un empleo, atraer nuevos clientes o concretar un gran negocio.

Desde festivales de cine hasta locales de comidas y un próspero barrio chino, la cultura del gran país oriental florece en Buenos Aires. Y el interés por China va mucho más allá de sus platos típicos y sus hierbas medicinales.

Luego del viaje a China del presidente Néstor Kirchner en junio del 2004 y la visita del mandatario chino Hu Jintao a Buenos Aires cinco meses después, muchos argentinos comenzaron a ver grandes oportunidades de negocios en el gigante asiático, al que hasta ahora consideraban un enigma.

''El potencial es muy bueno y, de hecho, China se ha convertido en un importante socio comercial de Argentina'', sostuvo Federico Sturzenegger, ex secretario de política económica y actual profesor de administración pública en la Universidad de Harvard.

De acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, China es el tercer importador de Argentina y el cuarto mayor destino de las ventas al exterior del país.

Según Sturzenegger será ''absolutamente crítico'' para los argentinos adoptar la cultura china.

Pero por ahora sus compatriotas se conforman con algo más básico: aprender cómo hablar, leer y escribir en mandarín.

''Es difícil, no es ningún chiste'', dijo Carla Farre durante un recreo en su clase de mandarín intermedio en el Centro Universitario de Idiomas en Buenos Aires.

La joven de 24 años, que estudia chino para darle una especialización a su carrera de turismo, contó que los símbolos y la pronunciación suelen confundirla regularmente.

Sus compañeros de clase son un notario público que recibe documentación en chino, una profesora de alumnos de intercambio y un técnico en computación. Todos comparten con Farre la frustración que les provoca tener que memorizar una serie de nuevos símbolos.

''La gente que aprende chino debe volver a la niñez'', explicó Gonzalo Villaruel, director del centro académico. Cuando en las clases para principiantes los alumnos practican pronunciación, dijo Villaruel, suenan como un coro de niños.

El centro comenzó a ofrecer clases en mandarín en agosto de 2004 en respuesta a un reclamo de los estudiantes. No esperaban más de 100 alumnos, pero recibieron 900 pedidos de inscripción.

Aunque el inglés sigue siendo el idioma que más se enseña en el centro, Villaruel y sus colegas tienen grandes expectativas con el mandarín.

Junto con otros académicos Villaruel viajó recientemente a China, donde se reunió con directores de universidades y del Ministerio de Educación para organizar programas de intercambio estudiantil. La delegación argentina fue la única de América Latina que estuvo presente en la Exposición de Educación China en Pekín y, entre otros pactos, acordó el envío de profesores de español a instituciones chinas.

Incluso un conocimiento básico del mandarín es de suma ayuda, según la estudiante Belén Chapur, de 39 años.

El año pasado, antes de tomar clases de mandarín, Chapur acompañó a su marido --un exportador de soja-- a un viaje de negocios a Pekín. Pese a su fluido español, francés e inglés y su básico portugués tuvo muchos problemas para comunicarse con sus interlocutores durante el viaje.

'Fue como jugar a `dígalo con mímica' '', recordó. ''He viajado a varias partes del mundo y ése fue el lugar donde más me costó comunicarme'', agregó.

En medio de este despertar cultural, los negocios chinos en Buenos Aires se multiplican.

El barrio chino de la ciudad, que antes ocupaba sólo unas cuadras, ha ganado terreno sobre las clásicas casas de empanadas y los restaurantes donde se sirve asado.

BuddhaBA, una antigua mansión reciclada en el barrio de Belgrano que incluye un restaurante, un jardín asiático y una galería de arte, atrae cada vez más público.

Allí, donde se dictan charlas sobre la cultura china y se toma el té según sus ritos, planean lanzar cursos sobre el cultivo de las orquídeas y la técnica japonesa del bonsai, el arreglo artístico de un árbol o arbusto podado de tal manera que se asemeja a uno de tamaño natural, cultivado en un pequeño recipiente.

Sobre la misma calle un pequeño bazar chino --donde se venden carteras de seda, campanillas, reproducciones de Buda y figuras de porcelana-- recibe cada vez más visitas, contó la empleada Li Jung Tung.

La joven de 20 años, quien llegó al país junto a su padre hace una década, aseguró que los clientes tienen mayor conocimiento sobre la cultura y muchos hablan el idioma.

''Ahora cuando hablamos en chino con mis amigos o con el dueño (del negocio) tenemos que tener cuidado'', dijo.

 
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