Era una noche de invierno, el viento azotaba la ventana fuertemente. Se
podía escuchar el canto de la luna, el llanto de los lobos resonaba en
mi mente, parecían melancólicos...
Era una noche de invierno, el viento azotaba la ventana fuertemente. Se
podía escuchar el canto de la luna, el llanto de los lobos resonaba en
mi mente, parecían melancólicos pero no pude descifrar las palabras
secretas de los lobos, los eternos lobos que acechaban en la oscuridad,
ansiosos por carne. Pero esta vez no tenían hambre, no sé cómo ni
tampoco el porqué, pero lo sabía. Un gruñido cayó sobre la longevidad
de la noche, la tormenta seguía luchando, creaba estruendos que no me
dejaban dormir. Entonces escuché la voz de una doncella, gritaba
pidiendo socorro, ya no me importaba la tormenta, pero nunca llegó su
ayuda porque sólo yo lo oí y nunca me atreví a salir. No saldría
mientras hubiera oscuridad, mientras hubiera lobos y, rotundamente, no
mientras hubiera un asesino rondando por el valle, tendría afiladas
espadas que me atravesarían, de parte a parte, como una hoja de papel.
Lo siento bella dama porque nunca te salvé, mi miedo superó mi
valentía, toda la valentía que podía tener un campesino de 16 años de
edad que no aspiraba ni a soldado, ni a mercenario.
Mi miedo se acrecentaba hasta extremos y me sentía impotente. "Cobarde"
me dije, pero era la verdad y el amanecer nunca llegaba. La noche era
eterna, los segundos, torturas, y los minutos parecían días.
Simplemente horrible. Cada grito arañaba mis oídos haciendo que se
reflejara en mi cara, expresando un miedo nunca superado por nadie, los
gritos no cesaban. Seguían violando a la pobre dama, le estaban
haciendo daño y nunca la socorrí, nunca me lo perdonaré. Y al final,
cuando el gallo cantó, los gritos cesaron en el último susurro de vida
de la mujer. El asesino, por fin, acabó con la pobre dama, con su
sufrimiento y con el mío. Finalizó la noche más horrible de mi corta
vida. Por fin llegó el amanecer como el canto de la victoria sobre la
sangre.
—¿Estas ahí? —dijo una voz, me sonaba.
—¿Qué? —pregunté, era lo único que pude decir.
—Ay, un día de estos te dejaremos solo —dijo otra vez esa voz, provenía
de una chica, no me acordaba mucho, sólo miraba esa calle, era como si
llevara horas mirándola, sólo recuerdo un grito, como si proviniera de
kilómetros, entonces recordé que estaba con unos amigos, que ya se iban
a otro sitio.
—Ahora voy —dije, mientras echaba el ultimo vistazo a esa calle, juraría que había oído algo pero no había nadie en esa calle.
Tras esa noche horrible volví a ver a mi padre. Él era de cabellos
ocres, sin ningún signo de vejez; en su pálido rostro, por sus noches
de insomnio, tampoco se veía un rastro de años. Él era fornido, como si
se tratara de un joven y valiente guerrero. Su voz era fuerte, jovial,
libre y siempre retumbaba en mi mente cada vez que decía algo:
—Erazorn, Erazorn —dijo aquella mañana de amanecer rojo—, levántate, es
un amanecer rojo y nos presagia que tendremos buenos tiempos y nuevas
buenas.
—Padre ¿No escuchaste la noche, los lobos y los gritos? —pregunté
inquietado. Entonces rió, como nunca lo había hecho—. No te rías.
—Los sueños son traicioneros —pero aquello era muy real—, tu obsesión
con los lobos te lleva al equívoco —dijo, nunca dijo nada de gritos y
yo no tenía obsesión por los lobos, aunque él siempre dijera que sí—.
Debes buscar una buena chica —se refería a la hija de un comerciante o
algo importante—, y, por supuesto, casarte con ella —volvió a decir, en
aquel entonces sacaba el tema muy a menudo.
—Padre, aún soy muy joven —repliqué, pero no calló.
—Eres joven sí, pero pronto cumplirás la mayoría de edad y para
entonces desearía que te casaras— dijo, siempre quiso que me casara
pronto y con una buena chica.
En
ese instante, justo en ése cuando me sentía acorralado por mi padre,
vino mi madre, me salvó. Por ella tampoco pasaban los años, en su
cabello rubio no se veía ninguna cana y adornaba su cara y formaban una
corona, seguía aparentando la veintena de edad.
—Tú otra vez con el tema —dijo, entonces deduje que escuchó todo—. ¿Te
acuerdas de nosotros? No nos casamos hasta que cumplimos la veintena y
después de cinco años te tuvimos a ti —dijo mi madre revolviéndome el
pelo—. Ellos viven una época mejor ¿Cómo se va a casar con dieciocho
años? —dijo, acariciándome el rostro con su mano y con su mirada.
—Pe... pero —balbució mi padre.
—Pero nada —cortó mi madre—, deja al chico —le di mil gracias por eso.
Después de eso me dirigí al establo, hoy me tocaba limpiar a los
caballos. Transcurrieron las interminables horas, sin que aconteciera
nada, sólo el aire del oeste me visitó. Cuando acabé, me dirigí al
campo. Me concentré en un punto fijo en el horizonte. Allí algo se
abrió, como si de una puerta se tratara, desgarró el horizonte y el
aire. Era una imagen, una callejuela que nunca vi, con los edificios
más raros que vi en mi vida. Allí había un chico, parecía sorprendido.
Se acercaba lentamente, los segundos fueron eternos. Me acerqué a la
imagen para darle la bienvenida.
Pasaron horas desde mi despiste, ahora estaba paseando solo en mi
triste ciudad. Iba rodeado de gente pero estaba solo, estaba pensando
en lo poco que me quedaba. Fui por una de las tantas callejuelas que
hay en mi ciudad. Estaba concentrándome, cuando sentí un dolor
punzante, como el que había sentido cuando oí el grito. Las nubes
cubrieron el cielo, mis poderes se ponían en acción otra vez. Odiaba
mis poderes, igual que los de mis padres. Solía llover cuando me
concentraba. Mi lista de desastres sería la siguiente: inundé la sala
de informática, quemé unas mesas cuando me enfade con mi mejor amiga,
entonces sopló un viento huracanado que ayudó al fuego y destrozó la
clase por completo, salvé a mi amiga, y por un terremoto le destruí la
casa al conserje, estos serían ejemplos de innumerables desgracias. La
lluvia caía a velocidad de vértigo, la gente se iba a sus casas, yo
seguía allí. Una fuerza me atraía hacia una imagen, era un campo pero
allí sólo debía haber unas casas ¿Qué estaba pasando? En ese momento no
lo averigüé. Debía pararme. No paré cuando quise, sentía esa fuerza que
me succionaba hacia la imagen.
En el instante del último paso, algo desgarró el cielo y la tierra. Un
trueno me distrajo, el portal se cerró pero antes vi a un chico, un
campesino al juzgar por sus pantalones desgarrados. Tendría mi edad,
iba sin camisa. Se le marcaban unos pectorales que, seguramente, se
deberían al trabajo de campo. Mediría un metro ochenta, al igual que yo
y todos mis amigos y amigas. Algo me recorrió el cuerpo, algo eléctrico
y magnífico. Fue como una corriente que puso mi corazón a cien, en ese
instante era feliz.
|