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La psicosis maniacodepresiva afecta principalmente a
los adultos, pero estudios recientes revelan que aumenta la cifra de
niños que la padece.
Cuando
los bipolares entran en episodios maníacos viven en un estado de
euforia permanente y con una energía exagerada: hablan rápido, les
surgen muchas ideas al tiempo y hacen planes que incluso los ponen en
riesgo. A veces esa alegría desbordada se combina con irritabilidad e
impulsividad.
En estas personas esos periodos de excitabilidad se
alternan con episodios depresivos que los llevan a experimentar todo lo
contrario: tristeza, pérdida del gusto por las cosas de la vida,
sensación de cansancio, dificultad para concentrarse o dormir y, en
algunos casos, a tener ideas pesimistas.
¿Cuáles son los riesgos?
Se ha visto que la gente afectada por este trastorno
está en un riesgo más alto de consumir sustancias psicoactivas, como
cocaína y alcohol; a tener dificultades en sus relaciones personales y
de pareja y, en algunos casos, tienden a tener ideas suicidas. No es
raro encontrar que en estados de manía algunas de estas personas se
sientan todopoderosas y pierdan el contacto con la realidad (síntomas
psicóticos): en medio de una ideación delirante, pueden sentirse dueños
del mundo y que no hay nada que no puedan hacer.
Es común que algunos pacientes no puedan controlar
impulsos. Se ha encontrado, por ejemplo, que jugadores patológicos,
compradores compulsivos, consumidores de cocaína y cleptómanos son, en
el fondo, bipolares.
¿Qué no es trastorno bipolar?
Existe la tendencia a generalizar el concepto de
trastorno bipolar, a tal punto que quien presenta cambios en su estado
ánimo es señalado por los demás, sin miramientos, como bipolar.
Realmente, una persona es diagnosticada como tal cuando la fase maníaca
(de excitación) dura por lo menos una semana y la depresiva mínimo dos
semanas.
No obstante, la literatura médica reconoce la
existencia de un cuadro que hace parte del espectro de este trastorno,
aunque es distinto: la ciclotimia. Quienes la padecen también sufren
ondulaciones constantes e impredecibles en su estado de ánimo, incluso
a lo largo del día. Por lo general, la gente tiende a confundir estas
fluctuaciones con rasgos de personalidad, de modo que los afectados
rara vez consultan.
¿Todos los bipolares son iguales?
Se reconoce la existencia de dos tipos. Del tipo uno
hacen parte los descritos arriba (alegrías grandes, tristezas enormes),
en el tipo dos entran quienes padecen tristezas profundas y alegrías no
tan marcadas (hipomanía).
¿Cuáles son las causas?
Hay un factor genético asociado. Es común encontrar
que tras un bipolar hay otros casos del trastorno en su familia.
Investigadores han encontrado, además, que durante los episodios
maníacos y depresivos hay una alteración en los neurotransmisores
(neuroadrenalina, serotonina y dopamina), encargados de transmitir los
impulsos nerviosos entre las neuronas.
Tampoco se desconocen los factores sociales: en una
persona que jamás ha manifestado el trastorno, pero que tiene el
terreno abonado para padecerlo, una situación traumática o catastrófica
especial, puede desencadenarlo.
¿Cuál es su incidencia?
Se trata de un trastorno más común de lo que se
cree. El Estudio Nacional de Salud Mental señala que dos de cada cien
colombianos, entre los 18 y 65 años de edad, están en riesgo de
presentar este trastorno, cifra que se ajusta a estándares
internacionales.
¿Afecta a los niños?
Hasta hace poco se lo consideró un problema de los
adultos. Sin embargo, cada vez es más frecuente encontrar al final de
la infancia y en la adolescencia indicios de la presencia del
trastorno, niños demasiado acelerados, impulsivos e indisciplinados.
¿Cómo se trata?
Uno de los grandes obstáculos es el diagnóstico
adecuado de la enfermedad. Debido a que el trastorno tiende a
confundirse con problemas emocionales o rasgos de la personalidad, un
paciente tarda demasiado tiempo en ser identificado y tratado. El
científico Robert Post, del Instituto Nacional de Salud Mental de E.U.,
concluyó en un estudio que un bipolar tarda entre ocho y diez años en
recibir atención médica adecuada.
Una vez identificados, estos pacientes son tratados
con medicamentos conocidos como estabilizadores de ánimo (el más común
es el carbonato de litio). Les son suministrados por periodos
indefinidos y de acuerdo con su evolución. Dependiendo del caso, les
recetan anticonvulsivantes. Las medicinas no actúan por sí solas: deben
combinarse con sesiones de psicoterapia.
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