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Por qué decimos tantas mentiras Imprimir E-Mail
Los adultos mienten como recurso, y los niños para afrontar carencias, presiones y castigos. Para algunos expertos las mentiras son un lubricante social, para otros pueden ser destructivas y esconder trastornos psicológicos. Los gestos delatan al embaucador.

"Te estoy mintiendo". Esta frase paradójica, es muy difícil de interpretar, porque si quien la dice es sincero, entonces no está engañando y si está mintiendo entonces, ¿cuál es la verdad?
Pero ésta no es la única contradicción respecto a las mentiras, sobre cuyo significado los especialistas no se ponen de acuerdo.
Todos mentimos en algún momento: por conveniencia, vergüenza, interés, respeto o necesidad. Por piedad, desesperación, defensa o simplemente por gusto.
Para algunos expertos los engaños ayudan al desarrollo humano y la convivencia, y ciertas mentiras juegan un papel positivo en el desarrollo emocional infantil. Los psicólogos intentan develar las causas y significados de las distorsiones voluntarias de la realidad que se aprenden en la infancia y tratan de averiguar cuándo esta práctica se vuelve destructiva y con qué problemas mentales puede relacionarse.
"¿Cuántas guerras, amores y negocios se habrían ganado sin la mentira?", señalan algunos especialistas, que consideran al engaño como algo natural, necesario y hasta cierto punto inevitable. Otros se preguntan qué sería de un mundo totalmente sincero, donde, por ejemplo, todos los médicos dijeran siempre la verdad.

LO ENFERMIZO
Los psiquiatras consideran el mentir como algo patológico, si es tan persistente que puede trastornar la vida del mentiroso o la de sus engañados. La víctima de un engaño no sólo sufre contratiempos de orden práctico, sino también el temor de desconocer las intenciones que se ocultan detrás de la mentira.
Vivir relaciones familiares, sociales o profesionales en las que prevalecen la distorsión y el ocultamiento de la realidad y la mentira, genera una zozobra en la mayoría de los adultos.
Para el psiquiatra estadounidense Arnold Goldberg, "mentir, al igual que decir la verdad, es una parte más de nuestro crecimiento y desarrollo".
Un estudio ha revelado que, en promedio, los adultos mienten o admiten hacerlo, treinta veces a la semana.
En los adultos, la mentira más agresiva es la "pseudología fantástica", en la que una persona inventa cuentos ficticios sobre su pasado, algunos con un pequeño fondo de verdad, para autoengrandecerse, y en el fondo autoengañarse.
El psiquiatra Bryan King, de la Universidad de California, señaló que los mentirosos patológicos parecen tremendamente sinceros, pero cuando se enfrentan con hechos que los contradicen, cambian su historia a otra igualmente sincera. Sus historias tienen una consistencia creíble, pero parece que no son capaces de discernir si están diciendo la verdad o no.
Hay indicios de que esta forma extrema de mentir se relaciona con una pequeña deficiencia en la memoria combinada con una desigualdad en los lóbulos frontales del cerebro, que evalúan críticamente la información que recibe la persona.

LOS PADRES NO LO SABEN TODO
Algunos investigadores consideran que ciertas mentiras juegan un papel positivo en el desarrollo emocional de los niños y que la primera mentira con éxito que dice un pequeño puede constituir un aspecto fundamental en su crecimiento mental, al marcar la experiencia inicial de que sus padres no lo saben todo.
El hecho de descubrir las limitaciones paternas, impulsa el desarrollo del niño, al darse cuenta que él es una persona aparte con su propia voluntad y que también puede resolver cosas, y comenzar a dejar de idealizar a sus padres y a tener una visión más realista de los demás, señaló Goldberg. Todos mentimos y las mentiras van evolucionando junto con nuestra personalidad, a lo largo de las distintas etapas de nuestra vida, desde la infancia a la madurez, adaptándose a cada realidad.
En los niños menores de cuatro años, el mundo mágico de los sueños, deseos y fantasías, no siempre se diferencia de la realidad que les impone limitaciones. La confusión entre los hechos que se observan y los deseos que se satisfacen en la imaginación, puede inducir al pequeño a decir mentiras aparatosas, para evitar tomar contacto con la realidad.
Todos los pequeños mienten, pero unos más que otros. La diferencia radica en su bienestar emocional. "Los niños que son mentirosos crónicos no se sienten a gusto consigo mismos", afirmó la doctora estadounidense Carolyn Saarni.
Un niño con problemas de autoestima probablemente mentirá en diversos escenarios: en la escuela, en casa, con los amigos. El que tiene miedo al castigo lo hará en determinadas situaciones y sólo ante aquellos a los que teme.
Otros motivos frecuentes de las mentiras infantiles son las expectativas paternas poco realistas sobre las posibilidades de sus hijos. Es el caso del padre que insiste en que su niña de cinco años coloque la ropa en su sitio sin que se lo pidan y recoja los platos y cubiertos de la mesa después de cenar.
La niña se olvida con frecuencia de hacerlo y para evitar los castigos o reproches de los mayores, maneja la situación del mejor modo que conoce: mintiendo.

 
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