Dos décadas y más han pasado desde que
el mundo conoció la noticia médica sobre el hallazgo de un nuevo y
devastador virus: el de la inmunodeficiencia humana (HIV), que desató
por doquier angustia, pánico, sufrimiento, luto, muerte.
Muy pronto, el SIDA se convirtió en el fenómeno de mayor atención en
nuestro tiempo y de alguna manera modificó el curso de nuestra actual
coyuntura histórica a nivel planetario.
Con los años hemos conocido y superado distintas etapas en el
desarrollo de la enfermedad: desde aquella primera del desconcierto y
el temor de todos, pasando por la toma de conciencia de las personas,
las comunidades y los gobiernos para crear espacios propicios a la
información, prevención, diagnosis e investigación para el desarrollo
de la vacuna.
Desde la inminente muerte que significaba saberse infectado por el
virus, pasamos - gracias a los adelantos científicos en la materia y al
desarrollo de fármacos - a la consideración de la pandemia como una
enfermedad sostenible y menos dolorosa en su tratamiento que otras
enfermedades consideradas más benignas y menos mortales que el SIDA
como la diabetes por ejemplo. De tal manera que la calidad y duración
de vida de un "seropositivo asintomático" alcanza hoy niveles y
términos hasta hace poco insospechados.
Las toneladas de información que tenemos hoy sobre la pandemia en todos
los medios de comunicación social, extraída de los incontables foros
que alrededor del tema se llevan a cabo a diario en el mundo entero,
arrojan una conclusión unánime: se ha avanzado y obtenido progresos
enormes en la investigación científica que propende por lograr una cura
definitiva para la enfermedad.
Sin embargo, y junto a este dato positivo, conocemos otros que han de
alertarnos y preocuparnos a todos los que - sin distingos de razas,
culturas, ideologías, sexo, credos, posición social, etc. - conformamos
la gran familia humana:
• Debido a sus altos precios, los medicamentos que convierten en
sostenible la salud y calidad de vida del infectado, llegan a una
minoría que tiene el acceso económico y social a los mismos, por lo que
las grandes masas de población pobre infectada en el mundo entero,
muere - diríamos hoy válidamente - no por la infección sino por las
precarias condiciones de vida (desigual distribución de la riqueza,
insalubridad, desnutrición, hambre, desempleo, falta de acceso a la
educación y a los medios de información, imposibilidad de diagnostico,
etc.) en las que nacieron y morirán, con o sin (HIV) y que les impide
este o cualquier otro tratamiento.
• Como si no bastara con esta injusticia y tragedia, ya sabemos que
existen monopolios de laboratorios y firmas farmacéuticas que especulan
con la investigación, comercialización y distribución de los
medicamentos. Monopolios comerciales que dificultan y casi
imposibilitan que el desarrollo médico alcanzado en el tratamiento del
SIDA llegue a los grandes sectores de la población más vulnerable del
planeta.
• La ignorancia y el temor de los primeros años sobre el tema, superada
de alguna manera por los avances médico/científicos, produjo un número
enorme de infectados que prestos a morir a la primera hora, viven ahora
un drama mayor que el ocasionado por el virus: el del estigma y
señalamiento social, el del abandono y renuncia a sus seres queridos y
a su entorno social y profesional, etc.
• De otra parte, las estadísticas siempre crecientes y abrumadoras de
infectados a cada minuto y en todos los rincones de la tierra muestran
de manera cruel, rotunda e insoslayable un hecho: las cuantiosas
campañas educativas y preventivas para la transmisión de la enfermedad
han sido y son insuficientes no por pocas sino por ineficaces.
• Pese a toda la información y tragedia que comporta el SIDA, el
aumento millonario en el número de contagiados crece vertiginosamente
en todos los rincones de la tierra lo cual nos habla de hombres y
mujeres, incluso comunidades enteras, que crecen en aspectos materiales
(en este caso, el desarrollo científico) pero decrecen o no crecen en
las mismas proporciones en la vida interior, que continúan manejando
irresponsablemente sus relaciones humanas y sexuales, que no aprenden
lecciones y que no toman en serio la gravedad del tema y la amenaza que
el significa para toda la raza humana.
Todo esto para decir que cualquier iniciativa social y mundial frente
al SIDA, vistos los anteriores aspectos preocupantes que la pandemia
plantea, ha de intentar tocar aspectos esenciales e integrales de la
condición misma de la existencia del ser humano, tales como: la
concepción del hombre, el valor de la vida misma, la dignidad de la
persona humana, el valor teológico del cuerpo, el sentido de la
historia.
Desde el humanismo cristiano hay que afirmar que si toda campaña y
progreso científico realizado hasta hoy frente al SIDA fracasan (según
lo evidencian las estadísticas), entonces habrá que buscar - antes que
píldoras - soluciones radicales y profundas para sanar no sólo el
cuerpo (personal y social) sino el espíritu humano enfermo, necio e
insensato, por haber prescindido de una visión trascendente de la vida,
henchido como está de ciencia y técnica y perdido en la maraña del
laxismo moral, de las medias verdades que resultan rotundas mentiras,
en el subjetivismo egoísta, en el aparentar sobre el ser y la estética
sobre la ética, sin otro compromiso ni otra búsqueda que la del poder,
tener y placer aquí, ahora y a toda costa.
Estas líneas son un aplauso y un llamado: aplauso para los ingentes
esfuerzos que desde todas las disciplinas humanas se hacen por mejorar
la calidad de vida de los infectados y prevenir de la infección a los
sanos.
Y un llamado para que - en el tratamiento del SIDA- las familias, las
organizaciones sociales de toda índole: médicas, gubernamentales,
políticas, económicas, culturales, educativas, religiosas... preserven
y privilegien principios de convivencia y moralidad inalterables que
manan de la certeza de sabernos criaturas, hijos del Dios de la Vida,
hermanos de todos, convocados a realizar una misión impostergable en la
tierra y a construir con nuestra vida e historia personal y social un
mundo mejor, más feliz, más justo y solidario con y para todos.
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