El profesor argentino, formado y ejerciente
en los centros estadounidenses más avanzados en esta enfermedad,
responde un amplio cuestionario que deshace muchos tópicos y estigmas.
El profesor Gabriel de Erausquin se
licenció en Medicina por la Universidad de Buenos Aires y se doctoró en
la misma institución rioplantense. A renglón seguido consiguió una beca
para trabajar en el prestigioso equipo del Dr. Emilio Costa, del
Instituto Fidia-Georgetown de Neurociencias, en Washington, D.C., tras
lo cual hizo dos especialidades: en Psiquiatría (Universidad de Yale) y
Neurología (por la Washington University de San Luis, EE.UU.). Desde
1998 es Profesor de los Departamentos de Psiquiatría y Neurología de la
Washington University, que está considerada como la segunda mejor
Facultad de Medicina norteamericana, después de Harvard.
Gabriel de Erausquin ha mantenido a lo largo de más de quince años una
gran continuidad en la investigación de ciertos aspectos básicos de la
esquizofrenia y ha descrito algunas formas de muerte celular
previamente no conocidas. Recientemente la Fundación Phillip Morris le
ha concedido una sustanciosa beca que le va a permitir estudiar ciertos
aspectos neurológicos de la esquizofrenia en pacientes no tratados. A
pesar de sus múltiples responsabilidades investigadoras y docentes
sigue viendo multitud de pacientes esquizofrénicos en el centro de San
Luis (Missouri).
Profesor De Erausquin, ¿cómo podríamos definir la esquizofrenia?
La esquizofrenia es una enfermedad del desarrollo normal del cerebro
que se manifiesta en tres dominios del comportamiento. Durante la
primera infancia causa problemas en la coordinación del movimiento y
demoras en la adquisición de habilidades motrices propias de la edad.
Durante los años de escuela impide la sociabilización normal y puede
socavar el rendimiento académico. Por último, durante la adolescencia y
la juventud, precipita los síntomas de psicosis, que causan un
deterioro catastrófico de la capacidad funcional. Las manifestaciones
más frecuentes de la psicosis son las alucinaciones, los delirios y la
desorganización de la conducta.
¿Es la esquizofrenia una enfermedad frecuente?
Es tan frecuente que de acuerdo a algunas estimaciones de la
Organización Mundial de la Salud tiene un impacto económico mayor que
el de la parálisis total por lesiones de la columna vertebral (como el
notorio caso del actor Cristopher Reeves, o el más reciente del
entrenador del Once Caldas de Colombia). En la mayoría de los países
estudiados afecta al 1% de la población, con muy pequeñas variaciones
de estudio a estudio, pero en general tiene un fuerte componente
hereditario y esta tasa es mucho mayor en las familias afectadas.
Si es tan frecuente, ¿por qué se habla más de otras enfermedades como el SIDA o la esclerosis múltiple que de la esquizofrenia?
No lo sé, pero sospecho que puede deberse a la incapacidad de los
pacientes afectados por advocar por sí mismos. La esquizofrenia
destruye o deteriora marcadamente la iniciativa social en las personas
que la sufren, y es difícil imaginar a un grupo de pacientes
coordinando una acción política como hacen, por ejemplo, las
organizaciones de homosexuales. Por otro lado la enfermedad mental
acarrea un estigma que se extiende a la familia, y mientras la cultura
mediática no remueva el obstáculo de la vergüenza implícita en tener
"un loco en la familia", no parece probable que los familiares de las
personas afectadas se movilicen para aumentar la conciencia social
sobre el problema. Por último los medios favorecen con frecuencia la
perpetuación del estigma, en particular cuando eligen hacerse eco de
los crímenes violentos perpetrados con pacientes que sufren una
enfermedad mental, aun cuando estadísticamente hablando estos casos son
menos probables que los de la violencia ejercida por criminales sin
síntomas mentales.
¿Se puede prevenir la esquizofrenia?
Todavía no. Los descubrimientos recientes sobre la naturaleza de la
lesión cerebral, combinados con la descripción de los síntomas que
preceden la aparición de la psicosis durante las dos últimas décadas,
sugieren que la prevención podría ser posible. Los estudios de genética
que permiten establecer la presencia de predisposición a la enfermedad,
combinados con la evaluación de los niños de edad escolar en búsqueda
de síntomas precursores, parecen una estrategia promisoria. En la
medida en que entendamos mejor los mecanismos biológicos de la
enfermedad será posible intervenir para interrumpir su progresión, que
hasta hoy termina invariablemente en la catástrofe de una enfermedad
que impide el funcionamiento laboral, familiar y personal de los que la
sufren.
Un tema sobre el que se habla mucho en ambientes profesionales en
estos tiempos es el tratamiento precoz de la esquizofrenia. ¿Existe
evidencia como para justificar esto?
Hace falta precisar
qué tratamiento. Hay ciertamente evidencia, como comenté en mi
respuesta anterior, que justifica la idea de hacer algo en aquellos
casos que tienen riesgo hereditario y han comenzado a manifestar
síntomas. Lo que no es fácil es determinar qué intervención elegir. Una
posibilidad, que ha sido puesta a prueba en Gran Bretaña, es la de
asignar enfermeros especializados en prevención a las familias de estos
chicos, con la esperanza de que al reducir el estrés familiar se
minimice la manifestación de la enfermedad en sus formas más graves.
Los resultados preliminares de esta estrategia son favorables e indican
un camino posible para las decisiones de salud pública. Una alternativa
que se ha comenzado a estudiar hace poco es la de darle a estos niños
con riesgo hereditario elevado una medicación antipsicótica. A mi
juicio los efectos adversos de estas medicaciones, que están
demostrados categóricamente, deberían contraindicar su uso en una
población que puede o no beneficiarse.
¿Es posible una detección precoz de la esquizofrenia?
Sí, como se apuntó antes. La precisión de la detección de casos
individuales es todavía materia de discusión, y depende del método
elegido para establecer el diagnóstico. Según las estimaciones más
recientes el porcentaje de error ronda el 10%.
La gente piensa que los enfermos que padecen de esquizofrenia son más violentos. ¿Qué hay de cierto en ello?
Nada, si por violentos se refiere a violencia criminal. Lamentablemente
las personas que sufren de esquizofrenia tienen un riesgo elevadísimo
de actuar violentamente contra sí mismos, y la tasa de suicidio es muy
alta en ausencia de tratamiento.
Usted ha investigado también las diferencias de los nuevos fármacos
antipsicóticos con los antiguos. ¿Han supuesto estas nuevas
medicaciones un avance significativo con respecto a los tratamientos
que había hace veinte años, por ejemplo?
Sí, pero las ventajas tienen un límite preciso, que es el deterioro
cerebral causado por la misma enfermedad. La mayor virtud de los
modernos fármacos, que reciben el nombre genérico de antipsicóticos
atípicos, es que alteran en menor grado la capacidad motriz de las
personas que los toman, y en consecuencia permiten una mejor calidad de
vida.
¿Qué mensaje le gustaría llevar a los enfermos esquizofrénicos o a sus familias? ¿Qué es lo mejor que pueden hacer?
El mensaje de una esperanza basada en la posibilidad de tratamientos
individualizados que dependerán de la susceptibilidad a efectos
adversos específicos para las personas afectadas, y una aún mayor para
los familiares basada en la casi cierta expectativa de una prevención
eficaz de los síntomas psicóticos.
Para finalizar, profesor De Erausquin, ¿cómo ve desde su atalaya de
la investigación el futuro de la esquizofrenia en los próximos diez
años? ¿Qué avances reales se puede razonablemente esperar en los
lustros siguientes?
Los estudios en poblaciones de alto riesgo que están completándose nos
darán, Dios mediante, métodos más precisos para identificar precozmente
la enfermedad. Por otro lado, los estudios derivados del esfuerzo
internacional coordinado por el Human Genome Project permitirán la
identificación de los factores de riesgo hereditario, y la prevención
primaria de la enfermedad mediante intervenciones de salud pública. Por
ejemplo, un problema no resuelto es el de la vinculación causal entre
la infección de gripe por virus influenza durante el embarazo y la
esquizofrenia en el hijo por nacer. Una posibilidad es que las campañas
de vacunación tengan que extenderse para incluir a las mujeres
embarazadas (como de hecho ha sucedido ya en Estados Unidos a partir de
este año). Sin embargo, también es posible que la causa de la
enfermedad no sea el virus mismo sino la reacción inmunológica materna,
en cuyo caso la vacunación debería contraindicarse en las embarazadas
con riesgo genético. Éste es un problema que habrá que resolver en el
futuro inmediato. Por último, las estrategias de prevención secundaria
en los niños con síntomas prodrómicos se resolverán cuando podamos
analizar los resultados de los estudios en curso. Estos estudios
también afectarán, a mi entender, una variedad de políticas de salud
pública relacionadas con el uso de medicación en niños de edad escolar,
y con la necesidad de campañas de detección temprana.
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