Navegar sería mucho más complicado si tuviésemos que usar números en
lugar de nombres para designar nuestros destinos. Afortunadamente, ese
problema está resuelto, pero la solución no deja de tener
complicaciones.
Si un extraterrestre llegase a la Tierra y empezase a analizar
nuestro sistema de comunicaciones bien podría llegar a la conclusión de
que la Red tiene dos tipos de componentes. Unos están hechos de silicio, y los llamamos ordenadores; otros están construidos en carbono, y los llamamos personas.
Ambos se conectan mediante interfaces que llamamos
computadores personales; el punto donde las personas envían, solicitan
y reciben información de las máquinas. Para asegurar que esta
interacción entre gente y ordenadores sea eficiente, hay que hacer
ciertos sacrificios. Los dominios son uno de estos sacrificios.
En efecto, los ordenadores no necesitan usar nombres para entenderse entre ellos. Les basta con números, que se llaman direcciones IP.
Pero para nosotros, las pobres unidades de carbono que estamos en los
márgenes de la Red, recordar algo como 217.116.4.45 es mucho más
difícil que recordar 20minutos.es.
Ambas cosas son equivalentes, y de mantener esa equivalencia se encarga el DNS.
Números y letras Cuando la Red (entonces
ARPANET) era pequeña, unos cientos de máquinas, con un simple listado
renovado periódicamente bastaba. Con muchos miles, o millones, de ellas
era imposible, y por eso en 1983 Paul Mockapetris creó la primera
versión del DNS, que fue reformado profundamente en 1987.
El sistema que utilizamos hoy deriva directamente de éste. Cada vez
que introducimos un nombre de dominio en nuestro navegador o programa
de correo, éste pregunta por la dirección IP correspondiente a un servidor DNS,
normalmente situado en nuestro proveedor de acceso a Internet. Si éste
sabe la respuesta, el proceso termina; de lo contrario la pregunta
salta a un Servidor DNS de rango superior. En la cúspide del sistema
están los Servidores Raíz, las autoridades últimas. El proceso se lleva a cabo en centésimas de segundo.
Para que la equivalencia entre una dirección IP y un dominio sea
única hay solo una base de datos, que se encarga de mantener el
registro (o NIC) correspondiente.
Cuando adquirimos un dominio el registro se encarga de asociar la
dirección IP de nuestra máquina con el dominio adquirido; 217.116.4.45
con 20minutos.es, por ejemplo.
El sistema funciona razonablemente bien, y ofrece distintas
posibilidades. Muchos dominios nacionales no permiten registrar
dominios a los no residentes en el país, o impiden que determinadas
expresiones puedan registrarse. Otros tienen TLD deseables
que venden a quien los quiera comprar venga de donde venga,
convirtiendo sus dominios en una fuente de ingresos (Tuvalu y su
dominio .tv); quien no tiene acceso a un nombre con el TLD de su país
puede tenerlo con otro.
Hay países (Reino Unido) que obligan a usar subdominios
(co.uk, o ac.uk), otros (España) que los permiten (.com.es y .nom.es) y
otros (Francia) que no los usan. Los precios pueden ser muy diferentes
según naciones y registros. Pero lo más importante es la política de
resolución de conflictos.
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