Una de las peores cosas que se le pueden hacer a un político o
cualquier otra figura pública es 'tirar de hemeroteca'; mantener la
coherencia intelectual a lo largo de toda una vida es muy difícil, y
los errores impresos permanecen. Ahora, gracias a la Red, y en especial
gracias a Google, este privilegio se ha extendido al común de los
mortales. Cualquier error que hayamos cometido en el pasado puede ser
recuperado para avergonzarnos en el futuro.
Una vez que una información 'cae' en Internet, su completa eliminación
es imposible, por mucho que lo deseemos. Como no podía ser menos,
algunas empresas están convirtiendo el aprieto de otros en negocio, y de una forma inteligente: en Google el pasado no se puede borrar, pero sí que se puede enterrar.
Todos cometemos errores.
Desde apoyar al grupo musical equivocado hasta elegir el peinado y el
estilo de ropa menos favorecedor, todos tenemos esqueletos en el
armario, aunque sólo sea por el inevitable paso del tiempo. Quien no
tiene en el fondo de su armario alguna foto escondida en la que luce la
genuina moda de los 70 es que no los vivió; pero que no lamente, porque
la moda actual nos horrorizará dentro de 20 años. Es cuestión de
tiempo.
Pero lo que para algunos puede ser simplemente un bochorno,
para otros puede transformarse en una recurrente pesadilla. Igual que
para las figuras públicas el pasado es un libro abierto y expuesto en
las hemerotecas, la Red, y en especial la temida caché de Google,
preserva para siempre nuestro pasado. Sea bueno, o malo.
No hay que llegar siquiera a los registros públicos de
agresores sexuales que algunos estados están legislando. Basta una
referencia en la quiebra de una empresa; una detención por conducción
peligrosa, un impagado que acaba en la base de datos equivocada, y esa
persona está perdida. Cada búsqueda de su nombre en Google puede
recuperar esa tacha de su pasado, hasta el día del juicio. No importa
que el castigo se haya cumplido, que la cita sea equivocada, que hayan
pasado 10 años; el baldón seguirá ahí.
Lo cual puede ser considerado una maldición. O puede ser
incluso peor, si estamos hablando de empresas: una compañía que críe
mala fama está perdida para siempre. A no ser que haga algo. El caso de
Quixtar, analizado por Online Journalism Review, es particularmente
curioso: la empresa ha contraatacado usando todo el arsenal de las
técnicas SEO (Search Engine Optimization; optimización en buscadores).
En esencia Quixtar ha 'engañado' a Google, con el fin de que las
páginas web que critican sus prácticas no aparezcan en la primera
página de resultados. A la manera del Ministerio de la Verdad del 1984
orwelliano, ha reescrito su propia historia, ocultando de la vista lo
malo.
En realidad es una táctica inteligente, aunque poco ética.
Hacer desaparecer cualquier información de la Red una vez extendida es
en la práctica imposible. Por eso la censura en Internet es peor que
inmoral: es estúpida. por más que se persiga, por más perniciosa que
sea una información, siempre habrá otra copia, en otro servidor, en
otra jurisdicción. Extirpar datos de Internet es una tarea sin fin y
sin esperanza.
Pero lo que no es posible destruir sí que puede ser escondido.
En la práctica, si una información no es fácil de localizar es como si
no estuviese. Hacer que los datos malditos no aparezcan en las primeras
páginas de respuesta de Google suele ser suficiente a todos los
efectos. Enterrar las malas noticias con buenas puede servir también
para compensarlas, y aminorar su impacto.
En tiempos de infoxicación, la censura jamás da resultado. La
'mala' información ha de ser combatida con 'buena' información, porque
la censura no funciona. Jamás conseguiremos sacar de ahí esa horrenda
fotografía. Pero al menos podemos hacer que sea difícil encontrarla. No
podemos domesticar a Google, pero tal vez sí sobrevivirlo.
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