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Una cuestión de equilibrio Imprimir E-Mail
Nadie duda de que la inseguridad ciudadana es un grave problema. Y está claro que poner un control policial en cada esquina de cada calle de cada ciudad y pueblo, y controlarnos a todos identificándonos en cada movimiento serviría para reducir la criminalidad. Pero no lo hacemos. No sólo porque sea inconveniente, o caro, sino porque sería tratarnos a todos como a criminales para echar mano a algunos rateros. El Defensor del Pueblo cree que lo que no se hace en el mundo real sí debe hacerse en la Red: acabar con la privacidad, limitar la libertad, a cambio de un poquito de seguridad. Alegando las razones habituales, los gobiernos están dispuestos a recortar de la libertad de expresión en la Red. Dado que las medidas especiales no son imprescindibles para luchar contra plagas como la pornografía pederasta, cabe preguntarse por el verdadero objetivo.

Como siempre, se trata de la noble idea de proteger a los inocentes, a los que no se pueden valer, a los indefensos. ¿Quién puede oponerse a una medida que se toma para proteger a los niños de la codicia y la lujuria de verdaderos monstruos? Aunque constituya en la práctica un estado de excepción; aunque contenga las semillas de la tiranía, ¿quien levantaría la voz para oponerse a acabar con esa lacra? Nadie se opondrá a adoptar las normas que sean necesarias para meter en la cárcel a quien abusa de la infancia.

Las propuestas, sin embargo, tendrán repercusiones, si se aprueban. La eliminación del anonimato censuraría el discurso de las personas honestas, que no se atreverían a decir según que cosas por miedo a represalias, sin molestar demasiado a los criminales, que obtendrían con facilidad identidades falsas. La retención de datos durante un año sería usada con certeza en otras investigaciones, como las que persiguen las violaciones de los derechos de autor. No se puede descartar que los datos acumulados por el estado fuesen vulnerables a ataques criminales de 'crackers'; los datos privados de millones podrían estar a merced de elementos antisociales. Tampoco hay que olvidar los costes, elevados, de ese almacenamiento, costes que las telefónicas acabarían repercutiendo en el acceso, que subiría de precio: no la mejor forma de fomentar la Sociedad de la Información.

Almacenar datos tiene, pues, consecuencias. Se corren riesgos, y hay libertades que son pisoteadas. Desde siempre se ha dicho que quien cede libertad a cambio de seguridad no obtiene, ni merece, ninguna de ellas.

Pero es que además estas medidas no son imprescindibles. La misma redada de la pasada semana, en la que 500 personas han sido detenidas acusadas de pornografía infantil, demuestra que los métodos policiales habituales son capaces de enfrentarse al problema. No hacen falta leyes de excepción para Internet.

Toda legislación es un equilibrio: por una parte hay que defender a la sociedad, en especial a sus sectores más débiles. Pero no a toda costa. En especial no a costa de limitar libertades. Mal negocio es la opresión de todos para evitar el daño a unos pocos. Hay que equilibrar el beneficio social con el perjuicio que esas medidas pueden causar. En el caso de la Red, no podemos aceptar medidas que no aceptaríamos fuera de ella. Y si nos vemos obligados a hacerlo, tendrá que ser porque no hay otro remedio.

Las numerosas desarticulaciones de redes pedófilas demuestran que el problema existe, pero también prueban la efectividad de las actuales medidas para atajarlo. Suena a excusa, pues, invocar la protección a la infancia para justificar medidas que efectivamente coartan la libertad en la Red. Sobre todo cuando hay muchos que quieren limitar la agresiva libertad de expresión de la que hace gala Internet, con cualquier pretexto.

Especialmente vergonzoso es que la petición venga de quien tiene encomendada la protección de las libertades de los españoles, alguien que por su cargo debiera ser especialmente sentible a los equilibrios entre libertad y seguridad. El Defensor del Pueblo debiera ser el último en el sacrificio de sustanciales libertades a cambio de una pizca ilusoria de seguridad. Sobre todo si hay otro remedio. Lo contrario sería demasiado caro.

 
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