Diana Navarro ofreció el pasado viernes en
Cádiz un concierto en el que fluían el desgarro y la emoción de su voz
ante un aforo casi completo
El teatro José María Pemán quedó a oscuras. Apenas
pasaban unos minutos de las 22.30 cuando los músicos empezaban a soltar
notas, preludio de lo que iba a suceder. El público se entonó con oles
y aclamaba ansioso a la artista, que no se dejó esperar.Diana
Navarro entró decidida en el escenario. Pisó fuerte entonando Deja de
volverme loca. Y su público enmudeció. Entre un juego de luces
impresionante, la joven demostró la entrega de su cuerpo a la música
que se sucedía. Su voz destilaba acordes, melodías, desgarro y
sentimiento, y despuntaba por encima de los aplausos de un teatro
abarrotado en las filas del centro. Emocionó al público, pero
su tono también se advertía excitable cuando saludó: "Buenas noches
Cádiz, muchas gracias". Y continuó el espectáculo. Palmas y bailes se
dedicaron al sur, a su tierra natal, Andalucía, con Esto es lo que hay.
La firmeza de los instrumentos no deslumbró a la artista, que brilló
con luz propia. Pero sí estuvo a la altura. El acervo de romanticismo
del piano y el violín se fusionaban con la percusión, el bajo y la
batería. Todo un acierto que la profusión relegaba a favor de la
cantante. "Queremos escuchar esa bendita voz", se oyó entre el
silencio. Y aún le quedaba mucho por dar. Vestida con
sencillez, ajustada por mantones "de los colores del Cádiz", como ella
misma dijo, siguió desgranando los temas de No te olvides de mí, su
primer disco. Los aplausos se agitaron aún más cuando sonaron las notas
de Sola. "Os voy a cantar una canción con la que he descubierto que no
estoy sola y espero que me acompañéis", pidió con la música de fondo.
Dicho y hecho. Aunque su potencial aplacó incluso a los más
participativos, a los pequeños. No hubo edades. Diana congregó a
abuelos y niños, a parejas jóvenes y a familias al completo. Todo
quedaba por clasificar. Tampoco hubo ecuador. No hubo intermedios, ni
interrupciones. El principio se consagró al final, sin que apenas nadie
se percatase. Una hora y media de recital, que para todos pasó
inadvertido. Diana estuvo totalmente entregada a su público y no dejó
de cantar. La artista se consagró a Cádiz, donde actuaba por primera
vez, olvidándose del resto. Su voz toleró imperturbable el
mestizaje del repertorio. Incluso se atrevió con coplas. "Este es un
género que me llena el alma porque marcó una época en la que nuestra
gente se expresaba con un poco más de libertad gracias a la canción
española", acertó a decir llevándose la ovación de toda la
concurrencia. Diana Navarro se sintió reconocida y así lo hizo
saber: "Me voy contenta, con una ilusión y una alegría muy grandes,
siento que os he gustado y eso para un artista, o al menos para mí, es
lo esencial". Y todos quedaron de pie pidiendo otra. No se pudo negar.
Así, el broche final lo dio un martinete al nazareno, saeta malagueña
que demostró la versatilidad de la joven y el fervor del público. Las filas se fueron desocupando con calma. El público, presuntuoso, musitaba a la salida el éxito del concierto.
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