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La Crónica de Aida R. Agraso. El concierto que Joan
Manuel Serrat ofreció anoche en el Pemán quedará en el recuerdo de
aquellos que asistieron. Supo a poco, y eso que concluyó pasadas la una
menos cuarto de la noche. Y es que fue como una reunión gozosa entre
amigos, de esas que da lástima concluir. Cómodo y relajado, Serrat
bromeó con el público, contó historias como pocos saben contarlas y
ofreció una pequeña parte de un repertorio a los que muchos habrían
añadido más canciones. No podía ser de otra manera, tratándose la suya,
como se trata, de una carrera musical larga y fecunda. Al final, el
público, mirándole con un deje casi de devoción, le dejó marchar.
Aunque no sonara su canción preferida. Esta crónica podía haberse
escrito con antelación. Porque se veía venir. Cualquier que haya
asistido a alguno de los conciertos que Joan Manuel Serrat ha ofrecido
en Cádiz sabe que el público le es incondicional, que le recibe siempre
con los brazos abiertos y las ganas de aplaudir puestas, que le pide
sin rubor y sin cesar canciones forman parte de su acervo sentimental,
que el cantautor se lo pasa bien sobre el escenario y que su actuación
se reviste con ese aura que lucen las ocasiones especiales. Y así fue.
No podía ser menos, sobre todo sabiendo como se sabía que volvía,
además, con un concierto que sabía a pureza, a un Serrat cien por cien
Serrat. Un silencio sepulcral se impuso en un teatro Pemán no
lleno, llenísimo, cuando sonó el aviso que marcaba el principio del
concierto. El silencio se trocó en una ovación cerrada, intensa y
cálida cuando el cantautor apareció sobre el escenario. Puesto en pie,
el público aplaudió con sinceridad al cantautor, "y eso sin cantar",
como le dijo uno de los asistentes. Una vez recibido Serrat
como la ocasión requería, éste comenzó a desvestir sus canciones para
mostrarlas sin artificios, serenas y sinceras, con la templanza que les
ha otorgado la madurez. Abrió el fuego con Menos tu vientre, un poema de Miguel Hernández. Y continuó con Mediterráneo, con la que se ganó las primeras palmas espontáneas de la noche. A
estas alturas, ya se sabía que Serrat jugaba en casa. Buenas, qué tal,
dijo al público. Guapo, le contestaron. Será por estar aquí, en esta
tierra donde tantos recuerdos y amigos he podido sembrar y recoger a lo
largo de mi vida y donde tan a gusto me encuentro, respondió el
artista. Prometió que se pasaría "una noche guapa". Y así fue. A partir
de ahí, cómodo, contento, fue desgranando Una mujer desnuda y en lo oscuro, Tu nombre me sabe a yerba -y
qué bien suena una guitarra apenas rasgada y un piano, el de Ricardo
Miralles, sin estridencias, y con mucho cariño al tocar y al cantar-, Esos locos bajitos, Señora, Por dignidad, Me gusta todo de ti (pero tú no), Caminante no hay camino... y así hasta Hoy puede ser un gran día, con la que cerró inicialmente el concierto. Una ovación de gala acompañó los últimos acordes, Duro con él,
y Serrat se fue pero volvió con una inmensa satisfacción grabada en la
cara. Y le empiezan a pedir. "Fantástico, qué conocimiento", decía ante
tantas peticiones. Fueron tres los bises: La Saeta -con la gente puesta en pie- y dos con nombre de mujer: Penélope y Lucía.
Recogió el cantautor una rosa roja que se le ofreció desde el público.
Lanzó besos, hizo una inclinación respetuosa y agradecida y , cuando ya
algunos estaban puestos en pie sobre sus asientos, terminó el
concierto. Serrat volvió a Cádiz.
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