|
Son las seis de la mañana. Es nuestra última noche
en La Unión. A lo lejos se ven las luces fantasmales de La Manga
reflejadas en el Mar Menor. Somos un grupo de siete u ocho personas.
Pasamos por delante del Antiguo Mercado de La Unión: los operarios
recogen las butacas portátiles. El suelo está lleno de papeles y vasos
vacíos. Paco Viedma, presidente de la Peña Flamenca de Jódar, le pide a
la cantaora Gema Jiménez una fotografía en la escalinata de la Catedral
del Cante. Gema le dice que le da vergüenza hacerse la foto. "¿Y si
pasa alguien y me ve?". La plaza está vacía. Tan sólo queda un
solitario puesto de churros sin clientela. Finalmente la cantaora
accede a la petición. "Pero, ¿tiene que ser con eso? Es que pesa
mucho". Eso no es otra cosa que la Lámpara Minera, el más preciado galardón flamenco de los que se conceden en la actualidad. Esta
ingenuidad, esta sencillez, ha presidido toda la participación de esta
joven cantaora jiennense en el Festival. Tanto es así que sobre el
escenario de la Catedral del Cante, hacia las cuatro de la madrugada,
cuando se anunció su nombre como ganadora del premio por mineras, no
sabía que acababa de obtener la Lámpara Minera. "¿Qué pasa", le
preguntó a Eduardo Rebollar, su guitarrista, cuando la gente arrancó a
aplaudir y jalear. "Que has ganado la Lámpara Minera". Y es que las
bases eran un poco confusas este año. Y la cantaora, que tampoco presta
atención. Todos sabíamos que había ganado el premio menos Gema. Fue su
madre la que preguntó por ella el importe: 12.000 euros. Gema
Jiménez es una rosa blanca en un mundo a veces oscuro como el del
flamenco, el del espectáculo en general. Noches como éstas devuelven a
la afición la esperanza, la fe en una verdad jonda. Que el arte, la
música, está por encima de todo. Esa sencillez, esa verdad. Porque, si
es cierto que la Lámpara va a aportar mucho a Gema, no es menos lo que
la cantaora aporta a este galardón. Limpieza, claridad. De un solo
golpe por mineras y tarantas se han despejado todas las dudas y
sospechas que en los últimos años, en un fenómeno absolutamente ajeno a
la organización, sobrevolaban el festival. Gema vino, cantó y ganó. Se
lo jugaba a una sola carta. Sólo cabía una posibilidad: cantar dos
cantes y que ellos fueran los mejores en su modalidad. Y así fue. Otros
finalistas interpretaron hasta cinco estilos, tuvieron cinco
oportunidades. La celebración es simple: un chocolate caliente en
un vaso de plástico, acompañado de churros. Nadie tuvo la ocurrencia de
reservar mesa en un restaurante de lujo. Nadie tuvo la precaución de
poner el cava a enfriar. Brindamos con chocolate por la esperanza del
flamenco en Jaén, por el futuro de esa cantaora de cara de niña y voz
de siglos. ¿Qué tendrá este arte que junta a tantas generaciones en una
sola garganta? ¿Saben cuál es la mayor ilusión de Gema esta noche?: ser
la primera cantaora de su pueblo que obtiene la Lámpara Minera. Un
pueblo perdido de la sierra de Jaén. Un pueblo de hombres y cantes
bravos. Gema es la encarnación de la música pura, sin cálculos,
sin presunción. Sólo le interesa el cante y no sabe de nada más. Hablo
con Rebollar y con Viedma de la posibilidad de hacer un disco, de qué
discográfica podría ser interesante. Ella está ausente, pensando en sus
cosas. Hablando con su madre. Sus padres y sus dos hermanos vinieron a
apoyarla desde Jódar. Es hija de una familia humilde, trabajadora, sin
precedentes artísticos. La pura afición. Empezó como bailaora, pero
luego se inclinó por el cante. Tiene una voz clara, dulce y poderosa,
que lógicamente ha de crecer, evolucionar. La cantaora, que ha obtenido
primeros premios también en Linares y Lo Ferro, tiene tan sólo 19 años.
El Festival ha apostado por el futuro. El jurado ha estado valiente.
Gema es una chica alta, castaña, de ojos vivos, oscuros y lejanos,
inaccesibles. No entiende lo que le preguntan los periodistas sobre el
mismo escenario, con el trofeo en sus manos: que diga algo a Pinilla,
el otro finalista. Escudriña asombrada el rostro del periodista, pero
no logra entender la pregunta. Un locutor de radio tercia preguntándole
si tiene novio. No para de sonreír, pero todavía no se cree lo que le
ha pasado, lo que ha logrado. Mañana canta en un pueblo de Córdoba por
la tarde. Y por la noche en otro pueblecito de la provincia. Tiene que
hacer doblete. Su vida no va a cambiar por ahora. Es la primera vez que
se presenta a un Festival que suele premiar la fidelidad. Es todo un
descubrimiento, aunque ustedes, queridos lectores, no dirán que no he
avisado. Y no sólo por el vaticinio de ayer, porque hace años que vengo
hablando de esta cantaora. El jurado ha premiado a la ingenuidad jonda,
a la pura verdad de la melodía, un misterio imposible de explicar, de
comprender. El cordobés Daniel Navarro, en la segunda ocasión
en que se presentaba, ganó con toda justicia el Desplante Minero (5.400
euros). Otros premiados de la noche fueron Miguel de Tena (segundo
premio de mineras), Juan Pinilla (cartageneras, murcianas, cantes de
Málaga), Antonio José Mejías (seguiriyas), José Ramón Fernández, el
preso de Albolote (soleá y bulerías), Iván Vargas (segundo premio de
baile) y el Niño de Elche (cantaor joven).
|