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Tim y la fábrica de imágenes Imprimir E-Mail
Tim Burton es uno de los poquísimos realizadores actuales que poseen un mundo visual reconocible y un universo temático coherente. Como en los casos de los grandes inventores de formas basta un plano para identificar sus películas y como en el caso de los grandes narradores es posible seguir de una a otra unos hilos argumentales que van tejiendo, película a película, una historia que desborda y engloba las sucesivas propuestas individuales que la van conformando. Su terreno, desde luego, es el de lo fantástico teñido de melancolía macabra. Una feerie que ha perdido su inocencia, como si la infancia que le daba credibilidad hubiera sido bruscamente interrumpida, para cargarse de siniestras connotaciones bajo las que, pese a todo, es posible aún adivinar su primitiva gracia y su antiguo candor. Los muñecos mecánicos que en Charlie y la fábrica de chocolate cantan en un teatrillo la deliciosa canción de Willy Wonka para acabar ardiendo -los ojos cayéndose de las órbitas derretidas-, mientras la canción se distorsiona perversamente, podrían representar bien estas tensiones entre ilusión y dolor, infancia y sufrimiento, creatividad y soledad que atraviesan toda su obra suavizadas por un soberbio humor negro (presente desde su debú verdadero en Bitelchus) y un desenfadado gusto por lo grotesco que lo vinculan al universo gótico tanto en su sentido originario (los relatos de terror de finales del siglo XVIII y del XIX) como en el de las modernas tribus urbanas. En sus espectaculares adaptaciones de Batman pudo dar rienda suelta, con singular sinceridad emocional y coherencia estética, a estas invenciones: Burton parecía haber nacido para visualizar los mundos dibujados de Gotham City. Pero es también más que eso: un cineasta dotado de un singular -y hoy rarísimo- sentido de la emoción que late tras historias totalmente fantásticas interpretadas por actores (así desde Eduardo Manostijeras) o por marionetas (Pesadilla antes de Navidad), en fábulas tan sentimentales que logran arrancar lágrimas (Big Fish) o en retratos conmovedores de perdedores (Ed Wood).

Como exigiría un buen guión, Burton fue un niño tímido nacido en un barrio suburbial de clase media, amante del cine de terror y admirador de Vincent Price. Estudió en el California Institute for the Arts fundado por Disney, fue dibujante en la factoría del gran maestro de la animación y creador de cuentos para niños, hasta darse a conocer en 1982 con los cortometrajes Vincent -narrado por su idolatrado Vincent Price-, Hansel y Gretel y, sobre todo, Frankenweenie -versión perruna de Frankenstein- y debutar en el largometraje en 1985 con la original La gran aventura de Pee Wee. Bitelchus, Batman y Eduardo Manostijeras lo convertirían en los siguientes cinco años en uno de los más originales creadores cinematográficos norteamericanos. En vez de apresarle, su éxito le dio cada vez mayor libertad creativa. Resultado de ella es esta arriesgada adaptación de una novela infantil de culto que conoció una fracasada (aunque no del todo despreciable) versión cinematográfica en 1971, dirigida por Mel Stuart e interpretada por Gene Wilder. Pero es que Charlie y la fábrica de chocolate reúne hasta tal punto los ingredientes que singularizan el universo de Burton que parecía inevitable el encuentro entre el realizador y esta obra del gran escritor Roald Dahl (1916-1990), autor de libros infantiles (Charlie y la fábrica de chocolate, Danny campeón del mundo, Los gremlins, James y el melocotón gigante -que Burton ha producido y diseñado en versión animada-, Matilda), de cuentos y novelas para adultos (Mi tío Oswald, Cuentos de lo inesperado, El hombre paraguas) y de guiones cinematográficos (36 horas, Sólo se vive dos veces).

El pequeño Charlie vive en una ruinosa casa junto a sus pobres padres y a sus cuatro abuelos -permanentemente acostados en la misma cama- a la sombra de la maravillosa fábrica de chocolate de Willie Wonka. Tras años de estar cerrada, aunque produciendo misteriosamente sus mundialmente famosos dulces, Wonka invita a pasar un día en la fábrica a los cinco niños que encuentren el pase de oro en sus chocolatinas. Burton logra lo mejor de la película en su primera parte, recreando la feliz pero apuradísima vida del generoso y soñador Charlie con una potencia visual única y una tensión sentimental difícil de conseguirse dado lo fantástico de la historia y de la visionaria ambientación. Toda la parte que se desarrolla en la fábrica es divertida, imaginativa y brillante, pero desfallece en ocasiones, especialmente en los números musicales. Porque, doblando el desafío de adaptar este cuento en principio poco apropiado para los tiempos basura de Sin City, lleva la película al terreno de la comedia musical. Espléndido su cómplice Danny Elfman en la creación de los fondos orquestales -es, junto a Carter Burwell, el más creativo de los músicos norteamericanos que actualmente trabajan para el cine- y de las canciones, en las que recupera el desenfado pop de los años de su grupo Oingo Boingo. Espléndidas las canciones, acertadas las puestas en imagen (aunque a veces carezcan precisamente de lo que a Burton le sobra: desmadre visual) y divertidas las alusiones a los clásicos de Busby Berkeley o a las comedias pop de Richard Lester, pero están mal situadas dentro de la estructura de la película, haciéndose previsibles (se repiten cada vez que se pierde un niño) y frenando el desarrollo de la acción. Un defecto menor en una obra llena de invenciones visuales, de humor y de ternura maravillosamente interpretada por el pequeño Freddie Highmore que ya nos conmovió en Descubriendo Nunca Jamás.


 
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