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«A Electra le sienta bien el luto». Electra, Freud y compañía De Eugene O'Neill. Director: Mario Gas. Adaptación: M. Gas y Roger Peña. Reparto: Mónica López, Maru Valdivielso, Iván Hermés, Constantino Romero, Emilio Gutiérrez Caba, Adolfo Fernández, Maruchi León, Ricardo Moya, Albert Troila. Escenografía: La Perla Lila. Atrezzo y vestuario: A. Belart. Teatro Romano. Mérida, 14-VII-2005. Decía Gabriel García Márquez, al final de su novela más conocida, que las estirpes que olvidan su pasado están condenadas a cien años de soledad. Esa maldición es una de las muchas similitudes entre «La Orestiada», el anterior espectáculo de Mario Gas (estrenado en el mismo escenario el año pasado) y esta «A Electra le sienta bien el luto», que el jueves presentó en el Festival de Mérida. Como los Buendía, o como los atreidas de la casa de Agamenón y Clitemnestra, los Mannon de esta pieza escrita por el Nobel Eugene O'Neill en 1931 (en realidad es una trilogía de seis horas, inspirada de hecho en «La Orestiada» y aquí condensada en dos horas y media) son incapaces de escapar a su destino, una vida de infelicidad, soledad, odio y, finalmente, muerte. Poderosos terratenientes norteamericanos de Nueva Inglaterra a principios de siglo XX -O'Neill situaba la acción en la Guerra de Secesión, Mario Gas la traslada al final de la primera Guerra Mundial, donde funciona a la perfección sin rechinar-, los Mannon son carne de diván, material de primera para cualquier manual freudiano, pura dualidad eros-thanatos. La madre, Christine (estupenda Maru Valdivielso, de lo mejor de un gran reparto) engaña a su marido, el poderoso juez y general Ezra Mannon (un sólido, como siempre, Constantino Romero), que lucha en la guerra junto a su hijo Orin (no deja de sorprender Iván Hermés, después de su Zucco: es un joven con una carrera prometedora). Su amante es el capitán Adam Brant (Adolfo Fernández), primo bastardo de Ezra que pretende su parte de la fortuna familiar. Crisitine odia tanto a su esposo como necesita a su hijo Orin, al que le une una relación enfermiza, o como desprecia a su hija no deseada, Lavinia, una Mónica López en estado de gracia, sin duda la mejor de la obra, además de ser su personaje el eje y gran protagonista: ella es la Electra del título, siempre de luto, pues la alegría es un lujo que los Mannon, con todos sus pecados y culpas, no pueden permitirse. Emilio Gutiérrez Caba, cada día mejor, es el viejo criado de la familia, uno de esos hombres que observan y comprenden. Ante sus ojos, que son la memoria de una familia que no quiere tener memoria, se suceden asesinatos, suicidios, amores imposibles, pulsiones incestuosas, chantajes... La sangre de Edipo, de Electra, de Orestes, corre a borbotones por las venas de los Mannon, que viven de espaldas al mundo en su mansión, escenario único de un drama mayúsculo que vuela muy por encima del común «dramón» gracias a la prosa seca y directa, cargada de fuerza, de O'Neill. Esa mansión, recreada por un gran porche blanco con columnata y un escenario resuelto en escaleras, es todo el artificio que se permite Mario Gas -aparte de un par de caprichos fugaces, como un caballo o un coche de época-, que apuesta por una interpretación casi naturalista del conflicto. Con actores así, es una sabia elección, y se nota la mano experta del director en los movimientos escénicos: a una obra donde nunca hay más de cuatro personajes juntos en escena podría sobrarle escenario en el imponente Teatro Romano de Mérida, pero en ningún momento ocurre. Quizá no le viniera mal algún recorte a las casi tres horas de la función. Pero, en cualquier caso, está claro que a Mario Gas le sientan bien los clásicos.
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