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Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, 1951) empieza el
próximo 18 de julio el rodaje de su nueva película, Volver. Carmen Maura y
Penélope Cruz interpretan a una madre y una hija en una comedia
"naturalista" en la que el director de La Mala Educación habla de la
muerte, de los ritos de pueblo y de la solidaridad entre vecinas. "La
cultura de la muerte en La Mancha está llena de vida y de gracia", dice.
El abuelo de Pedro Almodóvar volvió un día a su pueblo para arreglar
algunos asuntos pendientes. Llevaba años muerto, pero durante un tiempo
volvió. Al menos, eso les contaba a sus hijos Francisca Caballero.
Historias de fantasmas y cementerios que no le daban miedo a nadie y que
la madre contaba como si tal cosa a sus cuatro hijos.
De aquellos recuerdos arranca gran parte de Volver, la nueva película de
Almodóvar: la historia de una madre que un día decide volver, la historia
de unas vecinas que sobreviven en los suburbios de Madrid y la historia de
mujeres de pueblo que limpian y cuidan sus futuras tumbas como parte del
rito de la vida. Una comedia naturalista, explica él, con "mucho humor y,
¿cómo no?, con un drama de fondo".
Almodóvar ha pasado la mañana trabajando. Se sienta en su colorista
despacho del barrio de Ventas y advierte: "Fíjate qué mala pata, hoy me he
levantado de mal humor. Bueno, es una tontería, es que vengo de localizar
en el nuevo aeropuerto, donde vamos a rodar, y ha sido agotador... nada
importante, la verdad".
El próximo 18 de julio empezará el rodaje de Volver, su película número
16. Once semanas de trabajo concentradas en dos paisajes: la planicie
castellana y los madrileños barrios de Vallecas y Cuatro Caminos. Frente a
la cámara, cinco actrices principales: Penélope Cruz, Carmen Maura, Lola
Dueñas, Chus Lampreave y Blanca Portillo. Detrás de ellas, un director
apasionado: "Hacer películas con mujeres es muy cómodo".
-Volver, con la frente marchita... título de tango.
Sí. El tango Volver tiene su importancia. Volver tiene múltiples sentidos,
más allá de mi vuelta al trabajo con Carmen Maura y Penélope Cruz. Hay un
momento en el que Penélope, que es un ama de casa con multitud de
problemas, canta Volver a ritmo de bulerías en una fiesta. Volver era una
canción que le había enseñado su madre de pequeña. En esa secuencia, que
no voy a destripar, vuelve su madre, Carmen Maura, con la frente marchita.
Su madre vuelve... del más allá.
-¿Del más allá?
-Sí. Volver, además de hablar de las complicadísimas relaciones entre
madres e hijas, además de mostrar ese puente geográfico que se crea entre
las ciudades y los pueblos, habla de la cultura de la muerte, de esa
cultura que está muy arraigada en pueblos como donde yo nací y donde viví
los primeros ocho años de mi vida. Yo, por ejemplo, viví con el fantasma
de mi abuelo... Yo no me lo creía, pero mis hermanas sí. Vivir con
fantasmas era algo cotidiano en mi infancia.
-¿Y no le daba miedo?
No. Y era algo admirable. La muerte era algo cotidiano, social, algo que
se compartía. El dolor estaba dentro de las personas, pero fuera, en las
casas, en los cementerios, lo que había era otra cosa, un rito social tan
festivo como una boda o un bautizo. Se convivía con la muerte sin miedo.
-¿Y por qué volvió su abuelo?
Él murió cuando mi madre era muy pequeña, de un accidente. Por eso dejó
muchas cosas sin resolver. Luego se le apareció a un cuñado suyo, que se
puso enfermo por las apariciones. Hasta que un día las mujeres le dijeron
que no tuviera miedo, que le preguntara al fantasma que qué quería. La
cosa es tan increíble que un día el pueblo entero acompañó al cuñado de mi
abuelo y al espíritu de mi abuelo hasta el cementerio para despedirlo. A mí
esa imagen de una comitiva acompañando a un fantasma al cementerio me
parece genial. El cementerio es fundamental en esta película, como el
viento, que es otro de los protagonista de esta película.
-¿Y por qué el viento?
El viento ensucia las tumbas, las llenas de polvo y yerbajos. En mi
pueblo, las mujeres iban a los cementerios a cuidar y limpiar su tumba.
Pero con alegría, sin miedo, como una actividad más. La muerte en La
Mancha está llena de vida y de gracia.
-Y esta relación con la muerte, ¿es siempre más de mujeres que de
hombres?
Desde luego. Las mujeres son las que se sienten realizadas en el dolor y
en duelo. Y lo digo como algo muy positivo. Las mujeres de los pueblos
hablan del último viaje con mucha naturalidad, con mucho valor. Ellas
saben que es un ciclo y allí están ellas para hacerlo más fácil.
-¿Y cuál es su relación con la muerte?
Nada fácil. No la tengo resuelta. Es algo que todavía tengo pendiente con
el psiquiatra.
-Pero, ¿cree en el más allá?
Bueno, yo no soy creyente, soy agnóstico. Pero a mí me gusta que la gente
crea. Además, desde que murió mi madre quiero creer que ella está aquí
conmigo, que vive con nosotros, y no de una manera abstracta y
psicológica, sino de una manera física. Creo que es algo muy bueno, muy
analgésico, pensar que los muertos nos acompañan. Con la muerte de mi
padre no fue así, era muy joven, estaba rodando Pepi, Luci... y casi no lo
recuerdo. Pero con la muerte de mi madre ha sido diferente. De hecho hago
esta película sólo para invocarla a ella. Mi madre es la inspiradora,
porque mi relación con el pueblo es siempre a través de ella. Me fui de La
Mancha muy niño y mis recuerdos son los suyos. La Mancha es mi madre. Todos
los ritos, todo lo que yo cuento, me viene de su voz. Esta película nace de
las cosas que mi madre nos contó de los duelos, de los cementerios...
-¿Y se han perdido esas tradiciones?
Ni muchos menos. Mis hermanas todavía viven esas costumbres, aunque soy yo
el que le está sacando partido [se ríe]. Ésta es una película muy familiar.
Mis hermanas me están ayudando mucho.
-¿Qué le cuentan?
Todos los detalles. Ellas son muy manchegas. Me ayudan en todo, en los
detalles de las mujeres de Madrid también. Me dan muchas ideas, de sus
amigas de Parla.
-Entonces hace trabajo de campo.
Pues claro. Yo voy a las casas de sus amigas para observar. Esa relación
con las vecinas es fundamental. El mundo de las vecinas está lleno de
ideas. Mis hermanas me llaman y me dicen "hemos encontrado a una peluquera
que te va a encantar". Pues yo voy y allí encuentro unos detalles que es
imposible inventarse. Hay que documentarse.
No se puede renunciar a la calle. Las películas deben inspirarse siempre
en cosas reales. Y a mí las vecinas me fascinan. Mi madre, ya de mayor,
tenía un grupo de vecinas en el pueblo que habían sido sus amigas del
colegio de pequeña. Todas viudas y todas juntas otra vez. Se cuidaban, se
hacían la compra o tocaban cada mañana a la ventana de al lado para
comprobar que todo estaba bien.
-Por lo que cuenta, esta película estaría en la línea de ¿Qué he hecho yo
para merecer esto?
Sí. Es el mismo paisaje veinte años después. Con una precariedad distinta
a la de entonces y sin la bata de boatiné, que ya es una reliquia. Pero es
el mismo universo.
-Y otra vez con Carmen Maura. Un reencuentro que despierta mucho
morbo...
Ya lo sé, hay mucha expectativa. Y estamos muy contentos. Creo que es un
papel maravilloso. Muchas veces las películas se hacen sólo para
justificar un momento. Y el momento de esta película es el encuentro final
de ella con su hija Penélope. Un largo monólogo final en el que ella, la
madre, le explica muchas cosas a su hija. Sé que en ese momento Carmen
brillará muy alto.
- Pero ¿cómo está siendo el reencuentro?
Emocionante. Es la emoción de haber recuperado algo muy importante. Es un
sentimiento que no es sólo laboral.
-¿Han cambiado mucho?
Ha pasado el tiempo, pero nuestras reacciones trabajando son las mismas.
-Con Penélope Cruz lo que transmite es una relación que casi parece
paterno-filial. Para tener dos mundos tan distintos parecen muy unidos.
Es verdad que no tenemos nada que ver, por la edad, por nuestros gustos,
pero nos queremos muchísimo. Y siempre fue así, desde que nos conocimos.
Tiene mucha fuerza, es algo que va más allá de ser buena actriz o no. Es
arrolladora. Esa mezcla de inocencia y pasión. Y, además, me divierte
mucho. Tiene un punto disparatado que me encanta. Sí, tenemos una relación
muy especial, y sé que hay algo de figura paterna en mí. Evidentemente, no
se relaciona conmigo como con un padre, porque tiene el suyo y se lleva
muy bien con él, pero es verdad que confía en mí como sólo se puede
confiar en un padre.
Una llamada telefónica interrumpe la conversación. Es el actor Ralph
Fiennes. Almodóvar queda para cenar con él y con otros actores de la
compañía de teatro con la que Fiennes está representando Julio César en
Madrid. Almodóvar les recogerá después de la función y se los llevará "al
mejor sitio de tapas de Madrid", le anuncia desde el auricular. "Qué chico
tan adorable. Culto y sensible. Y qué ojos, qué mirada tan turbulenta. ¡Son
ascuas¡ Y la obra, maravillosa. ¡Qué actorazos¡ Luego dicen que el teatro
está muerto".
"Es curioso", añade entonces Almodóvar, "tengo un amigo que cada vez que
viene algún actor o director extranjero les organiza una visita al Prado,
otra al museo de Tita y una cena conmigo. No me importa, pero a veces, me
siento un poco extraño: Vamos, como que estoy en la ruta turística. Raro
¿no?".
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