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Canta distinto. Algunos dirán que ha perdido
claridad en el fraseo. Pero cuando lo desea recurre a esta forma
anterior tan fascinante. Lo asombroso es que ahora puede, en un mismo
tercio, moverse desde esa claridad fina como un cuchillo a los tonos
más desgarrados y viscerales. Menos perfección técnica, con algunos
titubeos de afinación incluidos, y más verdad humana. Morente canta
desde más abajo. Antes cantaba con la cabeza, en todos los sentidos
comprendidos en esta afirmación. Ahora lo hace desde más abajo, desde
una verdad que está más cerca de la tierra. Por eso se rompe cuando el
dolor se hace insoportable. Hay más dolor en su cante. Ya no es una
adolescente inquieta y superdotada. Morente,
como ella misma le dijo a Alfredo Lagos sobre el escenario, vino a La
Unión a dar la cara. No se escondió detrás de su grupo sino que hizo,
en la primera parte del espectáculo, un largo recital de cante clásico
con el único acompañamiento sobre la escena de su guitarrista. Incluida
una larga ristra de tarantas, en honor a esta tierra que dio origen a
algunos de los más bellos cantes taranteros del acerbo flamenco. En
concreto la que dice en su letra Viva la tierra de minas marcó
un punto de máxima compenetración con el público que abarrotaba el
antiguo mercado de La Unión. También las cantiñas, muy rítmicas, de la
Niña de los Peines. Bellas, sensuales y existenciales, de una rara
aleación jonda. Ya saben que en la extrañeza, arrojar singularidad
sobre las cosas y las emociones, radica uno de los mayores, sino el
único, valor artístico del flamenco. Sonaron también soleares
primitivas, tientos, granaínas. Luego entró el turbión rítmico del
grupo para elevar la tensión al compás de la caña. Ya saben la
maravillosa esquizofrenia de esta intérprete que combina la hondura más
ortodoxa con la fiesta absolutamente desbocada. De esta manera
convirtió el paseíllo de la caña en un estribillo sentimental en la voz
de un coro que, siendo impredecible el cante de la Morente, la sigue
porque la ha parido. O poco menos. La fórmula, el pacto no explícito es
que la cantaora parte de un estilo festero para entrar y salir con
total libertad, dentro de un mismo palo, en un repertorio tan amplio
como el creado por Enrique Morente en los últimos cuarenta años. Y así,
si a ritmo de caña la cantaora introduce versos de Lorca, en la soleá
mete El pastorcillo de San Juan de la Cruz. Y todos tan contentos porque los versos del frailecillo se hicieron para cantar. Y bailar. Y gozar. Morente
se divierte en el escenario, conquistándolo. Pero ya no es una
seductora. Como he dicho antes, Morente ha ganado experiencia anímica.
En su cante hay un dolor nuevo que a veces rompe la afinación, el
fraseo. Es una mujer nueva, una cantaora nueva: tiene toda la vida para
reinventarse. Puede hacer lo que desee sobre la escena, incluso cuplés
taurinos ligeros, porque todo lo hace con sentido. Porque para ella no
son ligeros. Y si con veintitantos años, y después de habernos roto por
tarantas, no se puede permitir ser ligera, fácil, asequible... El recital, a ritmo del Anda jaleo,
se cerró como se había abierto, con un guiño pastoril: el cante por
bamberas acompañado a la forma de fandango, como se hacía en la época
de la Niña de los Peines. Es muy hermoso ver cómo Morente construye
piedra a piedra una representación. Con gestos sencillos como una taza
de loza blanca o la ternura con la que mira a su guitarrista. O esa
lucha encarnizada con los flecos del mantón que pronto será, si aún no
lo es, una seña de identidad. Y es que Lagos estuvo inmenso, lírico y
rotundo, en no pocos pasajes como en la caña. Morente o la constatación de una verdad del flamenco, del arte: la constatación de la nada.
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