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Cogió un atajo y le ganó a Brando Imprimir E-Mail
Cincuenta años después, James Dean mantiene intacto el halo de eternidad que le proporcionó su muerte, temprana y jugosamente trágica. Su imagen se estampó contra la pared del tiempo a los veinticuatro años y allí se quedó colgada, como un póster. Ahora, y probablemente dentro de mil años, James Dean conservará inmaculadas las virtudes de lo clásico: cualquier fotografía suya parece (y parecerá) hecha ayer mismo, tozuda y perennemente moderna. Y ahí fue en el único terreno en el que aventajó de largo a Marlon Brando, de quien había buscado la estela en la pantalla. Ciertamente, James Dean no murió gordo, viejo y deprimido como el actorazo al que admiró e imitó, y tal vez porque se lo impedía ese frívolo lema tantas veces repetido: «Vive deprisa, muere joven y deja un hermoso cadáver».

Hasta tal punto contiene James Dean el material de las estrellas, que se comportó como una de esas tan lejanas y persistentes: su brillo le llegó al mundo cuando él ya había muerto. Murió justo antes de que se estrenara su gran éxito, «Rebelde sin causa», lo que desató unas ansias de admiración como no se habían dado hasta ese momento. Con sólo tres películas, «Al Este del Edén», «Rebelde sin causa» y «Gigante», James Dean pasó a ser el ídolo no de una o varias generaciones, sino de una edad concreta, de un estado de ánimo especial, y de todas las generaciones que vinieron y vendrán.

Se han analizado sus rasgos y sus particularidades; se ha teorizado sobre su modo de andar, de mirar, de actuar...; se ha mirado y remirado cada brizna de su aspecto físico y cada estancia y rinconera de su alma. Tan inexplicable es la madeja de su gloria como fácil de desembrollar: un montoncito de casualidades convirtió al voluntarioso James Dean, un joven tímido y melancólico que pasó por el Actor's Studio con más bronca que peso específico, en uno de los diez o doce pósters de la Historia de la Humanidad. Un aspecto frágil en una voluntad de granito, unas gotas de miopía, un punto de incertidumbre, con unas increíbles dotes para la simulación y para el calco (Elia Kazan vio rápido que a Brando le había salido un doble y pasado por el agua de la languidez), con una punta de velocidad en la huida de su pasado de huérfano de granja que lo abocaba a comerse el mundo..., o a dejarse en ello la dentadura; y por supuesto, la muerte pronta y justo al tiempo de la explosión de su imagen rebelde, tosca, adorable, perdida... Todo ello, bien agitado en una filmografía breve pero intensa y rubricada por tres cineastas grandes, Elia Kazan («Al Este del Edén»), Nicholas Ray («Rebelde sin causa») y George Stevens («Gigante») le dan una consistencia al mito que no doblegarán los años.

Aunque, seamos sinceros, el mundo (y en especial el mundo del cine) debería de saber que no es suficiente un gesto, una pose, una camiseta, una actitud y un desgraciado accidente para adquirir en propiedad una parcela en el Olimpo. Algo de único había en ese joven actor del que nunca sabremos si hubiera tocado la grandeza (en todos los sentidos) de Brando, pero que no dejaremos de ver nunca dentro y alrededor de la pantalla. Tal vez su destino era ser la puerta para entrar a los años sesenta; o dicho de otro modo: la puerta para entrar a un modo completamente nuevo de ver las cosas de la vida.

Ahora se cumple medio siglo de la muerte de James Dean, aunque su imagen permanezca tan viva y moderna que el mundo no se atreve a echarlo de menos. Está en todos sitios, incluso en una exposición en Berlín que lo recuerda entre la aureola del mito
 
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