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Con los tutús en pie de guerra Imprimir E-Mail
Tamara Rojo y María Giménez desafían el vacío institucional que sufre el ballet clásico al estrenar «Blancanieves» y «Giselle» con sus propias compañías

El éxito las eligió como «partenaire» en el gran «pas de deux» de sus carreras. Ambas muestran ese aspecto lánguido de las grandes divas del tutú que enmascara un carácter contundente. Las dos fueron modeladas por las manos sabias de Víctor Ullate. Más tarde, María Giménez se dejó querer por el talento europeo de Roland Petit; Tamara Rojo optó por la escuela americana de David Howard, aunque sucumbió ante el maestro italiano Renato Paroni. Tanto Giménez como Rojo rindieron pleitesía a Alicia Alonso en La Habana. La una optó por formar su propia escuela en Madrid y ahora una compañía con su nombre. La otra (Rojo ) combina sus actuaciones como primera bailarina del Royal Ballet londinense con apariciones estelares en galas de estrellas. Ambas reclaman sin éxito que las instituciones españolas impulsen un ballet clásico que agrupe a nuestros astros de las puntas en plena diáspora mundial. Como no han obtenido respuesta, hacen la guerra por su cuenta.
   
   
Valiente o loca. El próximo 8 de octubre, el Palacio de Festivales de Santander vivirá un acontecimiento que no se ha repetido en España en los últimos quince años: una compañía española (la de María Giménez) estrenará un ballet del repertorio clásico, Giselle. «No sé si soy valiente o una loca, siempre he tenido esa duda», responde cuando se pide que califique el atrevimiento de poner en escena el ballet lírico entre los líricos con un apoyo oficial mínimo («hay muchas maneras de dejar puertas entreabiertas», dice con respecto a la actitud de las autoridades). Para esta osadía cuenta con un cuerpo de baile en parte formado en su escuela («sé que para ver frutos habrá que esperar unos siete años», advierte), y en otra reclutado en el extranjero. La intención de este estreno es doble. La primera es social: rescatar el arte de la danza clásica «de la censura cultural que ha sufrido en los últimos años. La segunda es reparar un exceso estilístico: «Durante los últimos años, especialmente en las galas de estrellas, se ha desvirtuado el ballet hasta convertirlo en algo un poco circense. La técnica aporta vocabulario, pero la base es la comunicación», argumenta esta bailarina que alcanzó el Premio Nacional de Danza de 1998, que volverá a subir a escena después de tres años y que, además, firma la adaptación coreográfica de su segundo espectáculo propio tras «Blanco y Negro», una fusión entre lo clásico y lo étnico .
   Más de un mes antes de su estreno esta «Giselle» tiene confirmadas ya 27 representaciones, lo que viene a corroborar que se trata «no sólo de una oportunidad para los bailarines, sino también para el público».
   
   
«Première» absoluta. Como las grandes, Tamara Rojo podrá incluir en su currículo (además del reciente Príncipe de Asturias de las Artes) que protagonizó el estreno absoluto de una partitura compuesta para danza y especialmente para sus cualidades técnicas. El próximo 3 de noviembre, en el teatro Arriaga de Bilbao, sonarán por primera vez las notas de «Blancanieves», que el polifacético Emilio Aragón ha compuesto inspirándose en el cuento de los hermanos Grimm, con coreografía de Ricardo Cué. Rojo define la ocasión como «una oportunidad que no debía perder», teniendo en cuenta que este tipo de eventos son inusuales en nuestro país.
   Repecto a la partitura, Rojo (que bailará en diciembre en el Teatro Albéniz) se muestra clara y tajante: «No tengo necesidad de estar aquí. No soy diplomática y si no me gustara no lo haría. Es una música excelente, de textura y estructura clásica pero que suena nueva y se puede aplicar a un ballet. He podido trabajar con un compositor, algo que parece que se ha perdido. Contar con Emilio Aragón ha sido un privilegio. Es muy serio y se lo toma con gran profesionalidad». El músico destacó durante la presentación del proyecto, la importancia del proceso creativo junto a la bailarina y manifestó que su intención era «hacer un ballet clásico totalmente, pero con algún guiño al barroco, al clasicismo y al romanticismo. Aunque todo tamizado por mi manera de componer».
   La primera bailarina del ballet que reside en el Covent Garden descartó por el momento volver a nuestro país para desarrollar su profesión, pero recordó que «desarrollé en España cinco años de mi carrera gratuitamente y he seguido viniendo aquí cuando me han dado la oportunidad, gratuitamente, en vacaciones o en mi tiempo libre, gracias a gente que apuesta por la danza clásica. Por eso creo que no tengo que dar cuentas a nadie». Rojo sacó el carácter de Odette en «Lago de los cisnes» para reivindicar el sitio de la danza clásica en este país, que «lo tuvo y fue abandonada»: «Es un insulto a mi tradición y a mi profesión no querer recordar que aquí se instalaron los Ballets de Diaghilev mientras el mundo estaba en guerra. Aquí compusieron piezas tan relevantes como "El sombreo de tres picos". Olvidar eso sería como negar que Goya o El Bosco se inspiraron en España». Su ira no la llevó a pedir la disolución de la Compañía Nacional de Danza, que rige Nacho Duato con una absoluta inclinación hacia el contemporáneo, olvidando lo clásico: «Lo está haciendo muy bien, por eso nunca diré que hay que cerrarla, pero sí creo que debería haber sitio para todos».

 
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