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Dreyer, el alma en suplicio Imprimir E-Mail

 «La palabra». Direc. y guión: Carl Theodor Dreyer, según la obra teatral de Kaj Munk. Intérpretes: Birgitte Federspiel, Emil Hass Christensen. Dinamarca, 1955. Drama. «Gertrud». Direc. y guión: C. T. Dreyer, según la obra teatral de Hjalmar Söderberg. Intérpretes: Nina Pens Rode, Bendt Rothe. Dinamarca, 1964. Drama.

 Sirvan estas palabras de admiración para reivindicar a un cineasta más allá del lenguaje escrito. Incluso cuando sus apuestas eran demasiado modernas para ser comprendidas en su insólita radicalidad -sin ir más lejos, «Gertrud» (1964), abucheada por buena parte de la crítica en el momento de su estreno-, el danés Carl Theodor Dreyer demostró que no era un artista religioso, si entendemos la religión como una doctrina organizada que no acepta las disensiones del cuerpo. Ahora que se celebra el pentagésimo aniversario del triunfo de «La palabra» en el Festival de Venecia, sería el momento de negar el tópico y decir que Dreyer era un cineasta espiritual, en el sentido que lo es aquel que demuestra la existencia del alma unida a la existencia del cuerpo. No hay una sin el otro, del mismo modo que no hay fe sin conocimiento. Y la fe no sabe de leyes ni represiones: por eso la Iglesia es, a veces, enemiga de la fe. Para un agnóstico, incluso para un ateo, la visión -o deberíamos decir la contemplación- de «La palabra» es una revelación: al terminar de verla uno tiene la sensación de haber descubierto que, por fin, lo invisible es patrimonio de lo visible; es decir, del cine. Al final, con el milagro de la bondad levan tándose ante nosotros, la vida se ilumina en una experiencia estética que trasciende su forma física: el encuadre deja de ser una hermosa construcción de líneas y sombras para convertirse en el marco de lo inexplicable. Y lo inexplicable no es más que la vida: la vida que se impone después de la intolerancia y la fatalidad que enfrenta a dos familias con distintas concepciones de la religión, la vida que demuestra que un loco que estudió teología y ahora se cree Jesucristo puede ser Jesucristo. La fe nos hace ser lo que queremos ser, no lo que aparentamos ser. La fe mueve montañas que ni siquiera existen.
   «La palabra» apareció en el contexto de un cine europeo anterior al de la revolución de los Nuevos Cines. Bergman empezaba a despuntar, y diez años después de una cinta de la que renegaba, «Dos seres», Dreyer se enfrentaba a la adaptación de una obra de teatro de Kaj Munk que le daría el reconocimiento internacional que tanto le había costado obtener. Obsesionado con llevar a buen puerto su ambiciosa versión de la vida de Jesús, Dreyer volvió al cine con una obra testamentaria que nadie esperaba. Y nadie la esperaba porque su aspecto era deliberadamente estático, «teatral» dijeron algunos obviando la impecable construcción de sus encuadres, el diálogo entre la luz y su ausencia, la brechtiana dirección de actores. «Gertrud» era una película adelantada a su época, y lo sigue siendo. Verla es intentar cruzar un muro que contiene toda la pasión del mundo, algo que nos gustaría alcanzar pero nos es negado. Es, también, la experiencia del tiempo que pasa, y qué nos pasa cuando notamos que el tiempo se desliza sobre nosotros, un poco a la manera de lo que hacen Gus Van Sant y Tsai Ming Liang con sus filmes compuestos por segmentos que parecen muertos sin estarlo nunca.
   «Gertrud» es una película laica sobre el deseo de un ideal amoroso que no llega a materializarse. Es, por tanto, la historia de una lucha que nunca vemos como tal porque se desarrolla en los confines del corazón de una mujer enamorada del amor. Basada en la obra de teatro de Hjalmar Söderberg, es tan árida y hermética como una obsesión. Como la Juana de Arco que interpretó Renée Falconetti bajo las órdenes de Dreyer, Gertrud sacrifica su felicidad en aras de un proyecto que sólo le pertenece a ella, la búsqueda de un amor puro y absoluto que se topa, fracaso tras fracaso, con la incomprensión de tres hombres incapaces de sentir lo que esta cantante lírica, revisión sin concesiones de la Nora de «Casa de muñecas» de Ibsen, experimenta en la eternidad de un deseo aplazado. Las conversaciones que mantiene con sus sucesivos amantes están desprovistas de todo dramatismo, como si Dreyer quisiera evitar que compartiéramos el dolor de su protagonista. El distanciamiento nos hace entender un via crucis que, de otro modo, sería insoportablemente sentimental. Despre-
   ciando el melodrama, la cadencia crepuscular de los largos planos de su éxtasis terminará con la asunción de los obstáculos de la vida. Pero si Gertrud no consigue lo que quiere es porque ha sido fiel a sí misma, tanto como un cineasta que, con una exigua filmografía repleta de obras maestras, sigue tan joven como el más atrevido de los artistas contemporáneos.
   
   
Lo Mejor: su cine sabe expresar lo inexpresable, el silencio de lo Absoluto
   Lo Peor: que, en el fondo, Dreyer siga siendo un
   ilustre desconocido

 
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