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Festival de cine en Haití |
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Un camino de barro en lugar de una
alfombra roja, invitados en jean en lugar de esmoquin, un galpón
abandonado como sala de recepción. No es el Oscar ni Cannes, sino el
Festival Cinematográfico de Jacmel, en Haití, informa AP.
En la jornada final, el sábado, el público no prestó demasiada atención
a las últimas ráfagas del huracán Emily, sentados bajo las estrellas
frente a una pantalla gigante en un muelle en desuso.
Unos 5.000 niños y adolescentes estaban acuclillados en el suelo,
mientras cientos de adultos se disputaban unas pocas sillas de caña.
En la noche de cierre se vio "Favela Rising", un documental premiado
sobre un grupo de músicos autodidactas en una villa miseria brasileña,
dirigido por el estadounidense Jeff Zimbalist.
El auditorio abucheó y silbó al ver las escenas de guerras entre
pandillas y abusos policiales, una realidad no muy distinta de la suya.
"Es muy pertinente, dada la situación haitiana, mostrar un paralelismo
con Brasil", dijo Zimbalist, que viajó desde Nueva York para la
proyección. "Mucha gente de las villas miseria descubre que la cultura
es la única salida".
Tras el documental, la multitud cayó en un silencio inquieto, poco característico de ellos.
La ciudad sureña de Jacmel y su festival de cine son una rareza en
Haití, que pasa por las horas más negras de violencia y miseria en los
17 meses desde que una rebelión sangrienta derrocó al presidente
Jean-Bertrand Aristide.
Pero con la proyección gratuita de un centenar de películas de 30
países, el festival logró su objetivo principal: servir de ventana a la
cultura para uno de los pueblos más desposeídos del mundo, donde 6,5
millones de los 8 millones de habitantes son analfabetos.
"El cine es el medio más inmediato, sobre todo aquí, donde la cultura
es muy visual y pocos pueden poseer un televisor o una radio", dijo
Patrick Boucard, el codirector del festival. "Pensamos que era la mejor
manera de mostrar el resto del mundo a los haitianos, abrir sus mentes.
Cuando uno vive en la miseria, es fácil sentirse aislado".
Boucard, de 49 años, pertenece a una vieja familia de Jacmel, un puerto
a dos horas al sur de Puerto Príncipe. Oculto detrás de montañas
escarpadas, con un solo camino de acceso, se ha salvado en gran medida
de la violencia y los secuestros de la capital, que han cobrado cientos
de víctimas desde la caída de Aristide.
Hogar de muchos escritores y artistas haitianos célebres, Jacmel
conserva cierto prestigio cultural. La vida transcurre serenamente en
sus calles polvorientas, donde viejas mansiones coloniales de fachadas
pardas y balcones de hierro forjado parecen estar congeladas en la
época en que la construyeron los cafetaleros franceses hace más de 200
años.
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