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Los estadounidenses Ghostride apuestan por los sonidos contundentes y la mezcla de estilos en su álbum debut, Cobra Sunrise
Cuando el vocalista Will Haven decidió poner punto final a uno de sus proyectos musicales tras nueve intensos años, el resto de la banda, Jeff Irwin (guitarra), Mike Martin (bajo) y Mitch Wheeler (batería), decidió continuar con su actividad bajo la denominación de Ghostride. Al poco tiempo, Cayle Hubter, se les unió como segundo guitarrista. Más complicado fue encontrar a la persona que debía encargarse de las voces, hasta que Jeff se acordó del vocalista de Tinfed, una de sus bandas favoritas, Rey Osburn.
Con el grupo al completo, los estadounidenses iniciaron una nueva etapa cuya primera parada es, Cobra Sunrise,
una potente dosis de rock crujiente y abrupto que se aprovecha de
diversas tendencias sin pertenecer a ninguna en concreto. Sus fuentes
provienen del punk, del hardcore, del nu metal y hasta del hard rock,
pero su música no se refleja, cien por cien, en alguna de estas
tendencias. Por momentos, pueden incursionar en terrenos melódicos y de
repente traspasar las fronteras del metal más corrosivo.
Precisamente, corrosivo, es un adjetivo que impregna con profundidad la mayoría me las composiciones que aparecen en Cobra Sunrise, un álbum que genera la suficiente cantidad de energía como para mantener la expectación de principio a fin.
Ya desde el comienzo, con 3AM Cobra, los ritmos abrasivos y las guitarras crudas, gestionadas por Jeff y Cayle, atraviesan los oídos como afiladas flechas de acero, mientras el bajo de Mike, ronronea al clásico estilo numetalero y la batería de Mitch marca el ritmo con sacudidas secas y compactas. Rey Obsburn,
completa la jugada aportando registros vocales que parecen ir por libre
pero, en el fondo, juegan un protagonismo indispensable en todas las
canciones.
La furia instrumental se mantiene con las mismas cualidades en el siguiente corte, Rotten Pig Iron, pero ya se empieza a notar la relevancia que adquiere Mitch con su contundente y versátil baqueteo.
Cuando suena Bear Trap, con su ritmo distorsionado, seguido de hirientes guitarras, empezamos a darnos cuenta de que la voz de Rey,
recuerda, en cierto modo, a la de Glen Danzig, pletórica, poderosa y, a
su vez, con sus puntos de melodía. Esta similitud aparece también en Snowflakes That Kill y Fire Shop,
el primero de ritmo lento y marcado y distorsionado, con irrupción de
guitarras afiladas y un bajo consistente creando una atrayente
atmósfera. Y el segundo, aporta el tono más groove y metálico de todo
el álbum, con Mitch protagonizando otra magistral lección con la batería y Jeff y Cayle aportando arpegios arrebatadores.
Pero Rey, tiene su propia personalidad, con una voz que
encaja perfectamente en un entramado instrumental algo anárquico en sus
formas, pero de parámetros consistentes. Instrumentos y voz se muestran
conjuntados para ofrecen texturas, sino del todo originales, si con la
suficiente particularidad como para alcanzar un categórico nivel
creativo.
Se nota que, a pesar de ser su primer trabajo de larga duración, los componentes de Ghostride
cuentan con un amplio rodaje como músicos. Sin duda un grupo que puede
ofrecer muchas satisfacciones en el futuro. No hay que perderles la
pista.
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