El Festival de Santander acogió su más sobresaliente cita de esta
edición: el recital de la soprano estadounidense Renée Fleming, que
conquistó al público cántabro
Una nutrida legión de peregrinos operísticos de media España se unió el
sábado al público cántabro hasta llenar la Sala Argenta del Palacio de
Festivales con el fin de asistir en Santander a uno de los platos
fuertes del LIV Festival. El menú era, ni más ni menos, una exigente
gala lírica con una de las grandes sacerdotisas de la lírica mundial,
la soprano norteamericana Renée Fleming.
Se trataba de uno de
esos espectáculos en los que los tiempos muertos -el entra y sale de
escena para cambiar la plantilla orquestal y demás- ocupan casi tanto
como el minutaje del concierto propiamente dicho. Pero esto importa
poco. Lo que los aficionados buscan es la relación cercana y directa
con el divo en una liturgia inserta en la tradición de la lírica,
porque la adoración al cantante es una de las formas de aproximación al
sugerente misterio de la voz humana. Fleming es sabedora y dosifica de
todo y para todos. Eso sí, se aparta del concepto bolo con el que la
mayoría de sus colegas afronta este tipo de compromisos. Ella canta y
encanta con una profesionalidad y perfección que la han llevado y
mantienen en la cumbre a la que muchos escalan con esfuerzo y a la que
pocos llegan.
Tras una descafeinada obertura de «Rodelinda», de
Haendel, a cargo de una imprecisa Orquesta Filarmónica 900 del teatro
Regio de Turín, Renée Fleming tomó el escenario y, nada más salir, se
metió al público en el bolsillo. Dosificó la soprano su glamour
-espectacular vestido de plata deshilachada envuelto en tul- y lo fue
desgranando a través de múltiples ámbitos líricos y diferenciados
repertorios: desde el barroco al verismo pasando por el bel canto
romántico. Fue el suyo, en este sentido, un alarde que le permitió
lucir una vocalidad asombrosamente versátil. El timbre brillante, el
sobreagudo con una flexibilidad que hoy cuesta trabajo escuchar, la
dicción impecable, el fraseo exquisito y los diferentes recursos
técnicos controlados al servicio de una emisión poderosa y natural
alejada de cualquier tipo de artificio, sin forzar, llevaron la velada
por ámbitos de excelencia ya desde las dos primeras arias de
«Rodelinda». La sutileza de los lieder de Schubert -en la
orquestaciones de Britten y Reger- y las dos arias de «Manon» de
Massenet, especialmente la «Gavotte», cerraron una primera parte
brillante que aún subió un peldaño tras el descanso.
Se lució la
Fleming entonces con un «Casta diva» -de «Norma», de Bellini- bien
cantada y, sobre todo, en un último tramo en el que «Mercè dilette
amiche» -de «Las Vísperas sicilianas» de Verdi-, «O mio babbino caro»
-de «Gianni Schicchi», de Puccini- o, ya de modo arrebatador, en
«Rusalka», de Dvorak, obra en la que la soprano sentó cátedra. Fue
ayudada, eso sí, por la dirección cómplice de Daniel Bekwith que
trabajó a fondo con la orquesta de Turín de la que se esperaba más en
sus intervenciones en solitario.
Las encendidas ovaciones, con
buena parte del público en pie, tuvieron recompensa. «Sumertime», de
Gershwin, y «Cecilia», de Richard Strauss -apabullante- culminaron la
apoteósica noche de canto que tuvo, como no podía ser de otra forma,
anécdotas protagonizadas por el público, que aplaudía a mitad de las
arias; por el podio del director, que crujía sin parar y por las
señoras de la limpieza barriendo el escenario, escoba y recogedor en
mano, al iniciarse la segunda parte y con la sala llena. Lo dicho, puro
glamour y divismo del bueno, el que ofrecen los grandes artistas.
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