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La realidad duele Imprimir E-Mail
Según el director de «La pesadilla de Darwin», «sólo en el Congo oriental, las víctimas de la guerra en un día igualan el número de muertos del 11 de septiembre en Nueva York»

Un documental impresionante, un director galo comprometido con las injusticias sociales en Tanzania, como referencia a otras muchas existentes en el mundo. Todo es real, no hay ficción. En la década de los años sesenta y en el corazón de África, una nueva especie animal fue introducida en el Lago Victoria como otro experimento científico cualquiera: la perca del Nilo resultó ser un voraz depredador que arrasó con todas las especies autóctonas del lago. No hizo falta que pasara mucho tiempo para que el nuevo pez se multiplicara y se exportara alrededor del mundo... Con esta premisa nos llega el magnífico trabajo realizado por el cineasta Hubert Sauper, quien a sus 40 años lleva en el rostro los surcos que sus trabajos le han cincelado casi a fuego: la visión de la pobreza más absoluta, la miseria, el sida, la prostitución, los niños de la calle o la misma muerte, en ocasiones menos dura que la propia vida.
Pese a todo, el azul intenso de sus ojos, como la sonrisa, no han perdido el brillo y la lozanía de alguien todavía joven. «La pesadilla de Darwin» le ha costado cuatro años de su vida, que él da como bien empleados «si consigo llegar al público de todo el mundo», contó a ABC ante su inminente estreno en España. «La pesadilla de Darwin» ha sido premiada internacionalmente, en todos los continentes.
El negocio de venta en filetes de perca del Nilo, etiquetado a veces como mero en el primer mundo no es, sin embargo, la salvación de la población de Tanzania. «La llegada de aviones cargados de otros alimentos para la población de estos países pobres sólo encubre, que el pago se realiza a cambio de armamento y munición para las guerras que tienen lugar en ese continente», apunta el director.
Las escenas que se nos muestran pulverizan las mentes más duras e insensibles, porque la realidad siempre es más dura que la ficción. Los testimonios de niños sin hogar que quieren ser maestros, prostitutas que sueñan con estudiar informática, pilotos rusos que traen en sus aviones el material bélico, las reuniones de ministros africanos, la vejez como pobreza... Todo invita a la reflexión. Le preguntamos a Sauper si alguien le ha contado que no ha podido dormir bien después de ver el documental, él responde que ha conocido ha bastantes personas «que a través de las imágenes se han dado cuenta de lo fácil que les resulta vivir. Yo también he estado estos cuatro años casi sin apenas conciliar el sueño. El no dormir inspira mucho. Es mejor pensar».
Aunque curtido por otros documentales, considera que cada uno es una nueva experiencia. «Cuando te expones a ver la vida de cierta manera tiendes a recibir más de lo que buscas y más de lo que te gustaría ver. A medida que sigues con tu vida y haciendo la película, algunas fuerzas de la lógica se te cierran y otras puertas se te van abriendo. Y ves el mercado emocional muy revolucionado. La única manera de sobrevivir ante tal situación es trabajar en tu creación para encontrar una expresión a lo que ves o a lo que deberías estar viendo. En cuanto a la perca del Nilo —continúa—, no me importa, porque miramos en cualquier parte del mundo y encontramos ejemplos similares a lo que está pasando allí». Y apostilla: «de hecho, cualquier producto industrial tiene un basurero en su historia».
«El cine es un milagro»
No analiza el trabajo de Michael Moore, «ya que no puedo decir si es mejor o peor que el mío. Es diferente. El hecho de que yo estuviera con una pequeña cámara, con un guarda nocturno y que un año más tarde lo vean millones de personas en pantalla, con la expresión tremenda de sus ojos, es significativo». No se siente como una víctima al contar con poca publicidad. Sólo en un día de trabajo en Madrid «me demuestra que no estoy perdido en el espacio. Soy consciente de que el instrumento que tengo en mis manos, el cine, es como un milagro».
Antes de dejar que descansara, todavía dijo que, «en esos cuatro años hubo gente que no sabía lo que iba a hacer. Se enteraron a los dos años, al contarle mis intenciones. La realidad duele y hay que compartirla».


 
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