Dirección y guión: Cédric Klapisch. Intérpretes: Romain Duris, Kelly
Reilly, Audrey Tautou, Cécile de France. Fotografía: Dominique Colin.
Francia, 2005. Duración: 125 minutos. Comedia dramática.
Escribir es un modo de ordenar el desastre. Piezas del puzzle que,
desperdigadas por la alfombra del salón, forman un tapiz de historias
posibles que se quieren y se detestan. Eso es lo que piensa el narrador y
protagonista, Xavier (Romain Duris), y eso es lo que parece pensar
Klapisch, que estructura la secuela de su exitosa y lamentable «Una casa
de locos» como un juego de muñecas rusas en el que cada encuentro fortuito
desata un nuevo relato, abre una nueva ventana en el poliédrico universo
de las posibilidades del amor a los 30 años. Es obvio que a Klapisch le
quedan mucho más cerca las comidas de coco, la inestabilidad emocional, el
miedo al compromiso, la adicción a las pasiones inconvenientes, la amistad
como refugio y los trabajos mal pagados, ridículos, de los treintañeros,
que los pisos compartidos en Barcelona por alumnos de Erasmus. «Las
muñecas rusas» aún huele a ese postizo tufillo de comedia comunitaria -qué
error es escoger a un camarero presuntamente español que ni siquiera habla
bien español: aquí importa el físico, la apariencia del gentilicio- de
«Una casa...», pero en esta ocasión Klapisch sabe de lo que habla e
intenta casar forma con fondo. Rodada en vídeo digital, la película
multiplica pantallas a medida que los flash-backs se alimentan mutuamente,
y aunque incurre en algún capricho desafortunado -¡ese Xavier tocando la
flauta!-, mantiene una fluidez extrañamente contagiosa, que une a
personajes y escenarios como si formaran parte de un mismo universo de
decepciones y descubrimientos. Y aunque el final es complaciente e
innecesario, el filme nos deja un buen sabor de boca. Y es que tal vez sea
cierto que el verdadero amor no tiene edad...
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