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Los Stones desafían a la edad Imprimir E-Mail
Los Rolling Stones arrancaron el domingo en Boston su nueva gira internacional en medio de una extraordinaria expectación. Los años no parecen hacer mella en estos músicos sesentones que son una de las grandes leyendas vivas del rock

«¡Guaaaaaaaa!» El berrido despavorido que parecía salir de un animal herido no procedía del escenario. Mick Jagger ni siquiera había aparecido todavía, pero tan pronto como se apagaron las luces del Fenway Park Stadium, y el universo de los Rolling Stones estalló en mil pedazos en la pantalla gigante, la multitud entró en éxtasis.

Boom. El estadio tronó como un abismo al reproducirse el Big Bang con el que juega el nombre de la trigésimo primera gira mundial de la banda de rock and roll más legendaria que queda en los escenarios. De entre los asteroides incandescentes que salieron despedidos en la pantalla rectangular que da cuerpo a una especie de mariposa de acero de cinco pisos que forma el escenario aparecieron cadillacs amarillos, guitarras y, por supuesto, la lengua roja, logotipo de la banda, que ha seducido al mundo durante casi medio siglo.

«A Bigger Bang» es también el título de su nuevo disco de estudio, el primero en ocho años, que saldrá a la venta el próximo 6 de septiembre, y del que el domingo por la noche sólo sonaron cuatro temas. «Creo que es un poco pronto para tocar más», explicó Jagger al diario «The Boston Globe», uno de los dos periódicos que tuvo acceso al grupo británico. «La gente tiene que conocerlas un poco mejor antes de que le apetezca escuchar más de tres canciones».

La muestra ofrecida el domingo, de la que tres de esas canciones están disponibles para descargar en i-tunes a 0,99 euros por tema, explica lo que 36.000 personas pudieron comprobar en vivo. La tercera edad es para los Rolling Stones una Edad de Oro en la que están decididos a volver a sus orígenes. El cáncer de garganta que atacó al batería Charlie Water el año pasado acabó de un zarpazo con las diferencias que habían distanciado a los músicos desde los 80 y les devolvió de lleno a su etapa más íntima.

Keith Richards y Mick Jagger ya no han compuesto este disco a 6.000 kilómetros de distancia, sino en la mansión del cantante en la campiña francesa. «Hubo un tiempo en el que Mick y yo podíamos discutir a muerte por cosas tan mundanas como el color de la portada de un álbum», contó Richards a Los Angeles Times. «Cuando nos enteramos de lo de Charlie nos quedamos mirando el uno al otro y nos dijimos: «¿Y ahora qué?» Entonces nos dimos cuenta de que podemos no estar de acuerdo en todo pero que nuestra relación tiene muchos pluses».

No hay tema en que ese reencuentro resulte más palpable que en «Back of my hand», un blues con raíces sesenteras para el que Jagger se colgó la guitarra y tocó a dúo frente al micrófono con su alma mater. La pantalla estaba en negro, pero con la magia del momento no era difícil recrear ese momentó mítico en que dos estudiantes coincidieron en un andén y Richards se fijó en los discos de blues que Jagger portaba bajo el brazo. Moody Waters y Chuck Berry estaban entre ellos. Los ecos de sus acordes se pueden desgranar con facilidad en esa «Palma de mi mano» que tan bien conocen, y en particular los acordes del tema «Mannish Boy» del primero, que el domingo llevaron a más de uno hasta el orgasmo musical. La banda también rindió homenaje al desaparecido Ray Charles, del que cantaron «Night Times (is the right time)».

La crítica resultó unánime y en algunos casos rotunda. «Es tan simple como esto: Cuando estés en los 60 no podrás hacer las cosas que hacías sin esfuerzo a los 20, pero los Roling Stones sí pueden. Punto. Así que se acabaron las bromas como esa de que este tour debería estar patrocinado por Viagra», sentenció el crítico del Boston Globe.

Dentro, era obvio que los años también han pasado para los fans, particularmente en la parte frontal del escenario, donde los asientos costaban la friolera de 450 dólares. Una de estas parejas, compuesta por John y Mary McDermot, buscaba a la salida su limusina entre el atasco de cristales ahumados y coches kilométricos con chófer de corbata. «Con la edad son cada vez mejores», decía Mary. «No son más viejos sino más listos, saben cómo meterse a la gente en el bolsillo. No lo hacen por dinero, sino por divertirse, y eso se nota». Ambos miraban con envidia a los padres que compartían el concierto con sus hijos, a sabiendas de que pese a las energías demostradas por la banda será difícil que sus hijos de 8 y 10 años puedan llegar a disfrutar de esa experiencia que el domingo convirtió a muchos jóvenes en nuevos adeptos. El problema de los Rolling es que compiten consigo mismos, y sus seguidores tienen mucho con lo que comparar. Nail King, de 40 años, los ha visto en directo 15 veces, y de esas cree que la del domingo fue la peor. Del uno al diez, les da un seis, decepcionado especialmente con la selección de los temas, pero su novia Susan Shepard, que estrenaba la experiencia, explotaba de entusiasmo. «¡No hay un hombre de 62 años más sexy que éste en el mundo entero! ¡Qué toquen lo que quieran! Son sexys, son divertidos y tocan de miedo».

 
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