El nuevo disco homónimo de la banda de Halifax, ofrece un presente
rutinario y marchito en lugar que un retorno al pasado más glorioso que
muchos deseaban.
Entronizados por convertirse en presuntos precursores del Doom Metal con discos como "Gothic"
(1992) y posteriormente caidos en desgracia para los mismos que les
habían subido a los altares por atreverse a coquetear con sonidos
"modernos", los ingleses Paradise Lost parecen ahora prestos a
reivindicarse a sí mismos y acentuar su lado más duro con un disco
homónimo que además llega en su 15 aniversario.
Declaraciones en su web como "es el disco más Heavy que hemos hecho en los últimos 10 años" o "contiene los algunos de los momentos más heavys que hemos hecho nunca" hacían presagiar a más de uno que tales afirmaciónes suponían un regreso al sonido del "Icon" (1993) o del "Draconian Times"
(1995). Sin embargo, queda claro con éste nuevo trabajo que el pasado,
pasado es y que las ilusiones que podían albergar algunos acerca del
ansiado retorno a su época más gloriosa, caen en saco roto porque,
entre otras cosas, han transcurrido ya muchos años y la banda de
Halifax ya no es la misma, ni busca (o encuentra) lo mismo. Paradise Lost ya nunca serán los del "Icon" o los del "Draconian..."
(mucho menos los del "Gothic") y ésta es la perspectiva desde la que
hay que analizar su actual trabajo. O así al menos debería ser.
Pasando ya a desgranar el CD, lo que se extrae según suenan los
primeros temas, es que, más que rememorar el pasado, han buscado
redefinir el presente, es decir, lo conseguido con su anterior entrega,
el notable "Symbol Of Life" (2002). Con Rhys Fulber
repitiendo a la producción, se aprecia una mucho menor presencia de
samplers y demás apoyo electrónico en la instrumentación, así como de
las orquestaciones programadas, en beneficio de unas guitarras en
primer plano y a buen volumen.
Tal vez sea esto lo que Holmes, McKintosh y compañía entienden por
volver a los orígenes, pero los conceptos que alumbraron sus citados
clásicos como se basaban en algo más que en sobreproducir guitarras: la
desgarrada densidad del primero y la épica vigorosa del segundo no
tienen su reflejo en éstas nuevas canciones. El sonido conseguido en "Symbol of Life"
es su principal referente, pero ahí sonaba mejor, más rico, profundo y
ambiental gracias a una concepción estética más enfatizada, en absoluto
edulcorado y, sobre todo, y ésto es definitivo, sus canciones eran
mejores.
Éste es el gran problema de "Paradise Lost" (el disco). Una banda que ya nos había habituado a regalarnos oscuras piezas con sabor a hit como "One Second", "Just Say Words", "Erased" o "Mistify",
no ha sido capaz de componer una sola canción que éste a la altura de,
sin ir más lejos, las cuatro ahora mismo citadas. Y eso que se aprecian
algunos esfuerzos dignos de mencionar, como la recuperación a la
guitarra Gregor McKintosh en un plano más solista, incluso con algún
que otro punteo (ojo, en plan muy discretito, nada de solos
vertiginosos como los de "Embers Fire" o "Hallowed Land", que Paradise
Lost sigue siendo un grupo "moderno"...) De hecho, la labor del
guitarrista es lo mejor de todo el larga duración, contribuyendo a
salvar de la quema temas que de otro modo se hundirían en la más
absoluta vacuidad. Cabría destacar "Don't Belong", "Close Your Eyes", "Sun Fading", "Spirit" o "Shine".
Sin embargo, en otros momentos los sones que brotan de las seis cuerdas
se tornan rutinarios, recurriendo a breves y previsibles riffs mil y
una veces trillados por cientos de bandas.
No ayuda tampoco la vocalización de Nick Holmes, muy
dispersa y heterogénea, indecisa entre tonos suaves o cortantes, que
desorientan y dificultan la implicación del oyente. Como ejemplo, en "Redshift"
su juego de dualidad vocal recuerda al que ejercitan los dos vocalistas
de Linkin Park nada menos (y su ligero tono épico al tema de su
anterior disco "Pray Nightfall"). Y qué decir de ese pseudo-pop del que
nuevamente hacen gala en mediocridades como "Grey", "Accept The Pain" y "Forever After",... Para Pop bueno, el que compusieron en "Host" (1999), pese al varapalo al que les sometieron los aficionados.
Eso sí, las guitarras están producidas para aparentar que la idea
principal es sonar heavys, pero éste recurso más bien parece una
cortina que oculta una preocupante carencia de ideas. Hubiera sido
mejor trabajar los ambientes (¿qué sería del "Icon" sin esa atmósfera
opresiva, malsana y dolorosa que preside cada una de sus canciones?) en
lugar de descuidarlos: los cantos de iglesia incluidos en "Close Your Eyes" y "Spirit" están metidos con calzador y suenan fuera de lugar.
Si ésta es la manera que tiene el hoy cuarteto inglés (tras la baja del
baterista Lee Morris, sustituido por Jeff Singer en el estudio) de
volver a las raíces, me temo que no caben esperar juicios excesivamente
benévolos por parte de la hinchada, ya de por sí bastante escéptica con
cada entrega de los británicos desde que decidieron hacerse "modernos".
Al final he traicionado mi propio argumento mencionando reiteradas
veces el pasado. Quizá es el recurso que nos queda a los que no nos
gusta demasiado el presente. Pero tranquilos, no todo está perdido: Gregor McKintosh y Nick "cara de palo" Holmes vuelven a llevar el pelo largo.
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