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Pingüinos sin «frac» Imprimir E-Mail
«El viaje del emperador» retrata su dura lucha por la supervivencia

Cada año, cuando llega el calor a la Antártida, miles de pingüinos emperadores emprenden su baile de amor. Salen de las aguas heladas y empiezan su marcha hacia las grandes llanuras heladas. Una fila interminable de «fracs» que caminan con pasos torpes y cortos y que, a vista de pájaro, resultan escalofriantemente humanos. En el océano es hábil, pero, en la tierra, está a merced de cualquier obstáculo. ¿Por qué se arriesga entonces a abandonar el agua? Por la supervivencia de su especie. De ese baile enroscado de amor surgirán miles de pingüinos que, en otoño, se sumergirán por primera vez en el mar. Dirigido por Luc Jacquet, «El viaje del emperador» narra esta epopeya, y lo cierto es que la película está teniendo una acogida impresionante en todos los países donde ya se ha estrenado. Un solo ejemplo: en EE UU lleva dos semanas entre las diez películas más taquilleras. El «quid» de la cuestión reside en que para Jacquet, no se trata de un documental, como se puede pensar en un primer momento, sino de una película. «Yo tenía una historia pura, simple, sin trampa, pues trata de la supervivencia, de un pueblo maldito en un lugar remoto. Sabía exactamente dónde y cuándo tenía que rodar. El guión técnico estaba preparado y la escenografía, minuciosamente elaborada. Sólo me quedaba confiar en los actores». El narrador en la historia es fundamental, porque todas las imágenes están rodeadas de un halo bastante irreal, que remite a un cuento.
   
   
Réplica femenina. En España las voces las han puesto Maribel Verdú y José Coronado, en los papeles de mamá y papá pingüinos. «Conocía bien la pasión que tiene Maribel por estos animales y no se me ocurrió nadie mejor que ella para darme la réplica femenina. Hay mucha química entre nosotros y nos compenetramos de miedo», cuenta Coronado. Poner la voz en «off» les llevó únicamente un día. Verdú cuenta que «no se le puede buscar ni un solo problema al día que pasamos en el estudio. Vimos la versión original en fran- cés y, en un principio, pensamos seguirla fielmente. Pero a los dos nos pareció que era un tono demasiado seco y un tanto frío para unas imágenes tan estremecedoras. Así que intentamos quitarle esa frialdad a la narración, hacerlo todo más dulce, más emocionante». Y Coronado se metió tanto en el papel que hizo llorar a Verdú en alguna ocasión... «Escucharlo con esa voz tan paternal hacía que se me saltaran las lágrimas». Y ambos coinciden en que lo que más les impresonó de la cinta fue «su ternura, incluso más que por espectacularidad». Y eso que espectacular lo es un rato largo. Eso sí, ni Verdú ni Coronado han podido «meterse» demasiado en el papel... «No somos actores de método. Si no, tendríamos que habernos ido a la Antártida. Y no me imagino una cosa más terrible, porque odio tanto el frío que no dejaba de pensar en lo mal que lo ha tenido que pasar el equipo de rodaje para captar cada movimiento de los pingüinos...». Como durante esa marcha alucinante con todas las espaldas negras en busca de comida y con la vuelta de los buches blancos repletos para las crías. Una vida en blanco y negro.

 
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