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Secretos de un matrimonio |
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Sólo hay dos maneras de tomarse esta película: a chunga o a chundarata,
y no necesariamente por ese orden. Todo un descubrimiento partiendo de
Doug Liman, que en «El caso Bourne» demostró una seriedad para el
thriller tan mineral como la corbata de un eurodiputado. Aunque con una
historia como ésta no había alternativa. Se abre el telón y vemos a un
par de metrosexuales largando a cámara sobre los mil kilos de
matrimonio que soportan y haciéndose los locos ante las preguntas
indiscretas del terapeuta. Luego descubrimos a qué obedece esta
terrible incomunicación: ambos son asesinos a sueldo de estrangis, uno
del Madrid y la otra del Barça, y no es cuestión de descubrir el
pastel. Aunque, por supuesto, se destapa, dándonos la clave para
mantener una relación sana: sadomaso puro y duro, y si es con bazooka o
cabeza nuclear, mejor.
Todo esto funcionaría si el tono fuese
deliberadamente paródico o «mal-lechero» en plan «La guerra de los
Rose», pero Liman pretende deslizar una reflexión sobre el hecho
conyugal erosionado, como si Bergman tuviera algo que ver con Pan
Cosmatos. Si a esto le añadimos que las escenas de acción y espionaje
(tampoco queda muy claro en qué consisten sus respectivas misiones)
están coreografiadas a pie cambiado (esos paquidermos en el centro
comercial), que el factor cutre se impone (las gafas ambarinas soldadas
al pómulo del héroe, Vaughn maquinando desde el cuarto de costura de su
mamá, la camiseta de «El club de la lucha» del villanito...) y que, en
fin, Jolie y Pitt derrochan menos química removida que Clooney y Kidman
en «El pacificador» o Nolte y Roberts en «Me gustan los líos», el
desatino está servido. Comprendemos que a la masa yanqui el asunto le
dé morbo, azuzado por las miles de páginas vertidas por los tortolitos
(casi llegan al récord mediático de la Pataky), moviéndole a la
identificación o sublimación de sus propias vidas en pareja. En fin,
otros por estos lares se pirran por las matrimoniadas de Moreno. Al
menos, tienen más chispa.
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