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Con un notable retraso sobre la hora prevista, Beck
cerró en la madrugada de ayer la primera edición de la nueva época del
Metro Rock, festival que ha perdido su carácter gratuito para abrir una
taquilla —precios populares con descuentos adicionales; pague uno y
baile diez— en el parque Juan Carlos I de Madrid, confortable recinto
para una muestra de las dimensiones a las que aspira el certamen, cuya
mudanza se ha saldado con notable alto: hay césped, un lago en el que
cabe el «Iberdrola», buenos amplificadores, árboles, discoteca y
abrevaderos suficientes para satisfacer las necesidades de ocio y
verbena de 20.000 espectadores.
Sin embargo, las
limitaciones del modelo mixto de financiación de Metro Rock —venta de
entradas y subvención pública— se manifiesta en un cartel en el que
figuran artistas de pay per view y bandas de gratis total, churras y
merinas que hacen del parque madrileño una tierra de nadie en la que
acampan desde el grupo del Mono Burgos a Morcheeba, pasando por la
entidad de compromiso social conocida como Bebe. No se puede pedir más
por 33 euros, precio para los usuarios del abono de transportes de la
Comunidad de Madrid, pero quizás un moderado incremento de las entradas
permitiría cuadrar en próximas ediciones del renovado Metro Rock una
oferta más homogénea y consistente, liberando paulatinamente a la
muestra de su dependencia de los fondos públicos. Hay que acostumbrar a
la gente, desde muy joven, a pagar por la música.
Fue
el concierto de Beck, estrella y reclamo del festival, el que mejor
representó la indefinición del certamen. También situado en tierra de
nadie, el músico californiano sabe lo que es pasar del escaparate a la
trastienda, de la vanguardia al olvido, del fenómeno a la norma.
Presentaba «Guero», su último álbum, en el que recicla la mixtura de
estilos que marcó sus trabajos más floreados y resultones. No trajo
mariachis, pero sí una ruidosa y fiestera banda cuyos miembros
consiguen adaptarse al caprichoso recorrido que su líder realiza por
los rincones más distantes del rock, explorados por Beck con guitarras,
consolas, batería, rimas, banjo e incluso calabazas huecas. También
saben guardar silencio —sentados en la mesa de una cena imaginaria—
cuando el autor de «Odelay» interpreta en solitario y despacio
«Everybody's Got to Learn Sometime» de los Korgis.
Se
le exige tanto a Beck que hay quien no le perdona que, después de
protagonizar en el pop una revuelta similar a la de los Talking Heads,
se dedicara a disfrutarla, corregirla y aumentarla. Bastante hizo y
bastante hace, tanto que aún desconcierta en directo. Este pinche güero
no se mueve de la frontera. Parece feliz en esa tierra de nadie en la
que habitan y bailan los rebeldes y sobre la que se levantan festivales
nómadas, aún por definir.
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