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U2 golea en el Vicente Calderón Imprimir E-Mail
Cincuenta y cinco mil «fans» se dejan la garganta en Madrid con los himnos de la banda en una apoteosis del rock mesiánico

A lo largo de su medio siglo de historia, el rock ha cambiado muchas costumbres sociales. Pero, hasta ahora, ha sido impotente para conseguir ningún cambio político sustancial (como mucho, ha dado color a alguna revuelta). Los irlandeses U2 han construido su carrera desde la tesis contraria, partiendo de que la música puede contribuir a crear un mundo mejor. Por eso, en sus giras, los himnos de estadio y los mensajes políticos se funden como si fueran lo mismo. Hay quien lo rechaza y hay quien se engancha a ellos. U2 son un grupo tan amado como cuestionado. Ya sabemos que las buenas intenciones no siempre se traducen en buenas obras de arte.
   Un ejemplo: la parte más pesada del concierto es la que tiene uno de los mensajes más bonitos. En las pantallas se forma la palabra «Coexist» (coexistir) sustituyendo la «C» por una media luna, la «X» por una estrella de David y la «T» por una cruz cristiana. De fondo, suena «Bullet the blue sky», un intento de hard-rock psicodélico que ha envejecido francamente mal. Una pena. El alargar «Sunday bloody sunday» (la canción anterior) tampoco le hace mucho favor a esta partitura clásica de U2 (que acaba pareciendo aún más machacona).
   Pero empecemos por el principio. Se nota que conocen su oficio. Antes de coger los instrumentos, forman los cuatro en el centro para saludar al público. Arrancan con «Vertigo» y las gradas se ponen a temblar. Botan tanto los fans que hasta viene a la memoria aquella vieja noticia de la aluminosis en el Vicente Calderón. Después del tute que les dieron anoche, los técnicos pueden quedarse tranquilos: el estadio rojiblanco aguanta lo que le echen. Con «Vertigo» también se calientan las gargantas para dos horas casi ininterrumpidas de cánticos colectivos.
   La segunda canción es un «flashback» importante, nada menos que a su primer álbum: «Boy» (1980). Han cambiado bastante. Ahora mismo cantan «I will follow» de manera muy distinta cuando la compusieron. Se ha esfumado el encanto y la confusión adolescente para dar paso a toneladas de energía guitarrera. A mitad de la canción, Bono suelta un «de Madrid al cielo» que suena simpático, pero que rompe un poco la atmósfera de la pieza.
   La siguiente tiene sorpresa. Es otro viejo éxito: «Electric co». Se nota que Bono se siente incómodo. De repente, llama a un técnico, con el que habla más de diez segundos. Poco después, el micrófono se para, deja de funcionar, la pesadilla de cualquier cantante ante un estadio con 55.000 seguidores. ¿Cómo reacciona el líder de U2? Pues más o menos como haría el colérico Liam Gallagher (Oasis). Coge la pieza estropeada y la golpea con furia contra un altavoz. Su cara se crispa . De verdad que no me gustaría ser técnico responsable del fallo.
   Cuando llega el micro nuevo, disipa los nervios vaciando una botella de agua frente al público y cantando fragmentos sueltos de musicales (creo que uno del «Tommy» de The Who ). También habría tiempo de repasar unos versos del «Sgt. Pepper lonely heart's club band» de los Beatles. Finalmente, con la canción «Elevation» termina el drama, vuelven los coros colectivos y se recupera el pulso. En «New year's day», Bono aprovecha la gruesa línea de bajo para presentar a Adam Clayton como «un hombre grande y sexy». El bajista de U2 se lo agradece haciendo retumbar las cuerdas aún más. Aunque no le haga falta, esta claro que Bono quiere hacer esfuerzos extra para ganarse al público. Repite: «Tú tienes corazón» un par de veces. Cuando ve que la gente no ruge como él quiere, alarga la frase: «Tú tienes corazón y grandes cojones». La mitad del Calderón grita, y la otra mitad, aplaude. Un truco visto, pero no por ello menos efectivo, es pedir a la gente que encienda las pantallitas de sus móviles durante «One». En todo caso, no hacía falta, porque hablamos de la mejor balada de la carrera de U2, seguramente también su mejor canción. Bono sigue poniendo de su parte. Hace una bonita dedicatoria en «The miracle drug»: «A los científicos que imaginan el futuro y a los doctores y enfermeras que nos mantienen sanos para verlo». Quiere dedicar el tema a un hospital infantil de Madrid, pero no se acuerda del nombre. Pone el micro al público y cien gargantas sueltan: «Niño jesús». Grupo y público son uno.
   En general, esta claro que los dos últimos álbumes de U2 no son de lo mejor que han firmado. Pero los irlandeses los salpican durante dos horas con otros himnos inoxidables, de esos que no pueden fallar en el elemento donde mejor se mueven: los estadios de primera división. En un concierto de U2 nadie puede salir decepcionado, porque el público sabe a lo que viene: a escuchar, pero también a saltar y cantar con decenas de miles de fans. Cuando atacan «I still haven't found what i am looking for», Bono mira a The Edge y le dice «llévanos a la iglesia». Allá vamos. Hay algo catártico en cantar todos juntos y Bono lo explota a fondo. ¿Quién le puede poner pegas a «Where the streets have no name»? Hasta sus enemigos Pet Shop Boys, un grupo en sus antípodas, no pudieron resistir la tentación de versionarla.

 
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