La desaparición del periodista y escritor murciano Jaime Campmany deja
desangelado y huérfano no sólo al periodismo en general y al periodismo
murciano en particular, sino también a los amantes de la lengua y la
escritura. Maestro e inspirador de muchos compañeros y lectores, entre
los que me incluyo, que sentíamos cada mañana envidia sana al leer sus
certeras líneas de análisis político y social, siempre con una sabrosa
pizca de ironía, inteligencia y socarronería. A estas horas, se han
dicho y destacado ya muchas de las virtudes que Jaime Campmany tenía.
De entre todas, prefiero acordarme de su sabio empleo del lenguaje y la
frecuencia con que recurría a expresiones de origen murciano para
enriquecer, como si fuera necesario, sus textos con la sabiduría
ancestral de dichos regionales, que tanto le gustaban. Cuando quería
dejar claro que la gente de la calle no iba a entender a los políticos,
escenificaba una conversación irreal con su suegra o su «santa» que,
desesperadas por no comprender nada, acababan por darle la razón.
Jaime Campmany encarnó el orgullo de ser de una tierra, Murcia, sin
ofender a nadie. Supo defender el patrimonio cultural de su región,
como la imaginería de su admirado Francisco Salzillo. Y quiso recordar
a gentes que trató o de las que oyó andanzas, como de mi antepasado
Juan El Mañicas. Y ahora se ha ido como fue. Educado en las formas,
contundente en el fondo. Fiel a la cita con sus lectores hasta el
último día. Y se ha ido como los grandes escritores, dejando una obra
maestra. Por encima de tintes políticos o de refriegas personales,
seguro que le hubiese gustado ser recordado como periodista, escritor,
amigo y murciano. Discípulos podrá tener muchos y muy buenos. Pero
ninguno podrá sustituirle.
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