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No digas "software", di "libre" |
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Cada día más, las TICs, invaden el mundo de la palabra escrita. Nos
movemos entre escenarios tecnológicos no pocas veces secuestrados por
patentes y software propietario, los cuales sólo explicitan aquello que
desean los que tienen acceso a tal propiedad. Su extensión no implica
necesariamente un modelo de tecnología socialmente igualitaria.
Las patentes y el software propietario ponen de relieve que el pago de
su uso, es tan solo éso: un pago; nunca una coherencia social en la
utilización informática. Hemos de recordar que lo importante es la
información y el conocimiento que se mueve y, no exactamente, los
mecanismos que lo mueven. El pago de una licencia no legitima lo
científico ni mucho menos el impedimento a su acceso público. Decir que
una licencia de software propietaria te da poder para aniquilar a otros
tipos de licencias posibles y potenciales, es como decir no a la
libertad directamente. Si únicamente consideramos lo propietario y lo
privativo en las TICs, estaremos muy cerca del "pensamiento único" y de
una dictadura tecnológica.
Podría interpretarse lo anterior como estar en "contra de"; sin
embargo, de lo que se advierte, es del abuso y el afán fagocitador de
las grandes corporaciones frente al ciudadano común y corriente. Éste
tiene que tener la capacidad y el conocimiento para elegir -en igualdad
de condiciones- sin presiones financieras y políticas. La tecnología no
puede estar en manos privadas solamente, pues los estados, gobiernos y
ciudadanía en general, estarían sujetos a intereses comerciales y al
ánimo de lucro. Entramos entonces en una dialéctica de que "unos ganan
y otros pierden". Curiosamente, los que ganan, son pocos y van a ganar
más de lo que pueden gastar en veinte vidas, si eso fuera posible.
Hay que encontrar puntos de equilibrio y de encuentro. Es cuestión de
política y de estrategia sostenible. Sencillamente hemos de
preguntarnos quién gana con la privatización y patentización total del
software. El ciudadano promedio, no; desde luego. Verá secuestrada su
democracia, su capacidad de decisión y, si ya tiene que aguantar el ya
de por sí desproporcionado estado de la cuestión, finalmente se verá
abocado a un solo producto. ¡A uno! Realmente eso sería decepcionante.
El software libre es una alternativa viable. Aquí no destacamos sus
ventajas técnicas -que las hay- sino sus ventajas sociocomunitarias.
Destacamos, en definitiva, su condición de libre (concepto básico en
todas las democracias y ordenamientos jurídicos modernos). Aplique,
señor ciudadano de a pie, el concepto de libertad primero y después
hable de software; lleve en sus mensajes internaúticos semejante
libertad y posteriormente pregúntese por la aplicación informática que
lleva aquélla. Entenderá, a fuerza de ser coherente, que no se puede
hablar de libertad si le ocultan el código del programa, si no puede
intervenir en su mejora, o si no puede hacer cambios que le interesan.
Peor se pone la cosa si, además, tiene que pagar el derecho de pernada
de su amo y señor.
La administración pública, por omisión, hasta hace bien poco ha
patrocinado el software privativo y ha dado suculentos beneficios a sus
dueños. Va siendo hora de cambiar las cosas...
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